Verás, una de las cosas que nos sacaba de quicio cuando jugábamos de pequeños es que se cambiaran las reglas en mitad de una partida.
Estaba claro lo que se podía hacer o no, por ejemplo, jugando al Monopoly, y de repente, aparecía una nueva regla que nadie sabía y que, por supuesto, favorecía al que se la sacaba de la chistera.
Era como inventarse “palabros” en Scrabble.
Las reglas dan seguridad de los juegos finitos y sirven para valorar quién gana y quién pierde.
Todos los jugadores deben conocerlas y son las mismas para cada uno de ellos.
Lo maravilloso de los juegos infinitos es que eso no es así.
Por eso en los juegos infinitos no hay ganadores, todos juegan a que perdure el juego.
En un juego infinito las reglas no solo cambian constantemente, es que deben cambiar.
Ese cambio continuo es precisamente lo que hace que el juego no se termine, ni haya ganadores (y perdedores).
Las reglas que dan forma a nuestra vida, a nuestro negocio, a nuestra pareja… deben ir cambiando según avanza el tiempo.
No es lo mismo lo que empuja tu relación amorosa hacia adelante ahora (con 3 hijos y 50 años) que cuando empezaste, con 20 años.
Los cuerpos son distintos, las emociones son más profundas y la conexión es más poderosas (espero)
Quitando el bolígrafo Bic cristal, muy pocas compañías han sobrevivido sin hacer cambios sustanciales en sus productos, servicios, marcas…
Si las reglas de un juego finito son los términos contractuales mediante los cuales los jugadores pueden acordar quién ha ganado,
las reglas de un juego infinito son los términos contractuales mediante los cuales los jugadores acuerdan continuar jugando.
Por eso la vida es el mejor de todos los juegos infinitos.
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(escrito por un humano)