Verás. Las gotas de agua de una cascada son todas iguales.
Sin embargo, cuando caen desde lo más alto tienen una conversación totalmente diferente.
Esa caída, que vemos como en cámara lenta, las une y las separa, pero todas forman la catarata fundiéndose y separándose.
Nosotros vemos una sola cosa: la cascada, pero cada gota es igual que la siguiente a pesar de que sus destinos sean distintos.
Unas caen sobre las rocas adyacentes y van creando líquenes.
Otras caen sobre plantas y musgos y ayudan a la vida.
Casi todas se unen al caudal del río y van cumpliendo distintas funciones.
No compiten entre ellas, ninguna es más o menos importante que la siguiente.
Por eso, cuando vemos Iguazú, Victoria o Niágara, quedamos hipnotizados por su belleza, su magia, su fuerza.
Es un todo que se precipita al vacío dividiéndose en millones de singularidades, para volver a convertirse en un todo que fluye.
Conexión, desconexión y vuelta a la conexión.
Es en ese lapso intermedio donde, por unos instantes, cada gota se siente separada de las demás en un impredecible vuelo hacia su destino:
Una roca, una planta, el aire…
Pero solo dura un instante, luego vuelven a ser río.
Así veo el instante que dura la vida de una gota.
Y así veo mi vida, ese instante que me hace sentir que soy diferente y que me hace pensar que mi destino es único.
Y lo es, pero solo por ese instante.
Luego dejaré de ser gota para volver a mi realidad de agua.
(escrito por un humano)









