Verás. Hay tres cosas inevitables en la vida.
Hacienda, la muerte y…
Compartir una casa.
O ya te has enfrentado, o lo vas a hacer, pero tarde o temprano llega ese momento tan ilusionante como temido: compartir tu espacio, tu nido, tu aire… con otra persona.
Otra persona que espero que ames, y mucho, porque no es fácil.
Sin embargo, es el paso previo para dos sean uno y formen un hogar.
Pero, te preguntarás, si yo amo a la persona ¿por qué tiene que ser difícil?
La respuesta rápida sería que, en general, nos amamos a nosotros más que a nadie en el mundo y solemos tener la creencia de que compartir es dividir, es perder.
A lo mejor es por eso de com-partir. No sé.
Perder privacidad, perder espacio, transformar creencias… y la identidad que hemos esculpido en nuestra casa se desdibuja un poco con las intervenciones del otro.
Ahí puede que te sientas invasor: tú vas a la casa de tu pareja; o invadido: tu pareja se muda a tu casa.
Ambas situaciones pueden ser desagradables dependiendo de nuestra personalidad, nuestro ego, nuestra necesidad de espacio, nuestra generosidad…y nuestra infancia.
Sí, la infancia. Porque ahí forjamos la tolerancia al otro, al hermano, ahí está nuestro primer lugar de aprendizaje.
Aprendimos las necesidades, desarrollamos las emociones y gestionamos los sentimientos.
También adquirimos hábitos y consolidamos creencias… que no siempre son las mismas que la persona con la que vamos a hacer el tolerante esfuerzo de compartir.
¿Sientes tuya la casa en la que vives ahora?
¿Compartiste habitación con algún hermano?
¿Sentías que la casa de tu infancia era tuya o de tus padres?
El significado de las respuestas a estas preguntas y otras lo veremos en el taller experiencial “Yo soy mi casa” el 14 de marzo.
Aquí tienes toda la información:
(escrito y dibujado por un humano)









