Verás. La teoría de juegos* los clasifica en dos categorías:
Juegos finitos y juegos infinitos.
Los primeros son los típicos: ajedrez, fútbol, bridge, Fortnite…
Los caracteriza que tienen unas reglas concretas que conocen todos los participantes, hay un objetivo claro, hay un inicio, medio y final, se juegan en un lugar o tablero concreto y, sobre todo, al final hay un ganador y un perdedor.
Luego están los mucho más interesantes juegos infinitos.
En ellos hay jugadores conocidos y desconocidos, no hay reglas fijas, se puede cambiar la forma en la que se juega en cada momento, no hay un horizonte temporal y, además, no se puede ganar.
¿Entonces? Te preguntarás sabiamente ¿cómo se juega a un juego infinito?
Pues esa es la cuestión.
Estás jugando a varios y a lo mejor no les estás prestando la atención que merecen.
La amistad, por ejemplo, es un juego infinito, al que estás jugando.
No hay reglas, los jugadores cambias, no está acotada en el tiempo…
¿Lo estás jugando conscientemente, o simplemente te dejas llevar?
Porque ahí está el problema, nuestra mentalidad entrenada con los años nos lleva a ver todo como juegos finitos: la amistad se acaba, igual que el amor o la felicidad.
Quizá, si cambiáramos la mentalidad con la que jugamos de finita a infinita viviríamos la vida de otra manera.
Ahí está el meollo de la cuestión porque… ¿cuál crees que es el juego infinito más importante?
Una pista: lo estás jugando.
Sí, la vida misma es un juego infinito.
Si te interesa saber jugarlo, el jueves 1 de octubre empiezo una serie de encuentros con el objetivo de entenderlo.
Aquí tienes la información:
*James Carse
(escrito por un humano)