Es una suave mañana en el sur de España. A través de la ventana unas palmeras se mecen suavemente y sus verdes hojas empiezan a brillar con el sol. En la casa de enfrente un niño muy rubio corretea en pijama alrededor del árbol de Navidad. En plena excitación reclama la atención de un padre somnoliento que intenta estar a la altura. El tiempo pasa rápido y lento a la vez. Las Navidades se acercan con más rapidez año tras año y pasan ya tan fugaces que no da tiempo a sentirlas, como las siente el niño. Y también pasa el tiempo con una lentitud tal que te permite saborear los detalles, cada detalle, la gaviota que se posa atenta en una cornisa, la chica joven que sale a fumar a la terraza y observa distraída las nubes, el jardinero en su diálogo interno con las plantas, una toalla descuidadamente abandonada en una silla…
Lejos de Madrid la vida pasa de otra manera, más hacia dentro. La disminución del ruido externo nos permite reflexionar más sobre dónde estamos, sobre si estamos donde preveíamos estar el año anterior. A veces, sin necesidad de estar al borde de la muerte, uno puede ver pasar su vida delante de los ojos, como si fuera una presentación de Power Point. Y de la misma manera que en ellas, se pueden ir eliminando aquellas diapositivas que están fuera de foco o que su contenido no ha sido el más acertado.
La vida está marcada por decisiones que se toman bajo unas circunstancias concretas. Al hacer consciente el pasado trayéndolo al presente, soy capaz de pensar de nuevo lo que hice, para tomar como si fuera la primera vez esa decisión, pero esta vez desde la sabiduría que tengo ahora. Es un ejercicio no justificativo que lo hago desde la misma distancia con la que preparo una presentación en el trabajo, pero con la profundidad necesaria para tocar los momentos importantes. Aquellos momentos del año en los que desearía haber actuado de manera diferente.
Curiosamente al editar la presentación, el Power Point cobra una vida nueva, más en paz, más armónico, más en consonancia con lo que soy en esencia. Al aprender de cada momento oscuro, no lo justifico, simplemente analizo lo que podría haber hecho de tal manera que quizá no habría producido el dolor que produje o no habría creado una incertidumbre innecesaria, o simplemente todo habría fluido de otra manera.
Quizá no son grandes cambios, pero son valiosos, tan valiosos como la sonrisa de una anciana a la que has escuchado con ternura, la mirada de una hija a la que has abierto un poco el corazón, o la tranquilidad de una cabeza apoyada en tu hombro.
El niño sigue correteando alrededor de su padre, absorto ya con los mensajes del móvil. A lo mejor, en su Power Point del próximo año, esta diapositiva tiene que replantearla de otra manera.