167 Llevar el caballo al abrevadero

Verás, en el AVE siempre pasan cosas interesantes.

Como sabes, los asientos van unidos de dos en dos.

A mí me tocó ventanilla.

Me gusta llegar con tiempo así que fui de los primeros en sentarse, abrir el ordenador y empezar a escribir.

Al rato llegó mi compañero de viaje.

Colocó su mochila con ruido y se dejó caer con violencia en el asiento, lo que hizo que las dos butacas se zarandearan con igual intensidad.

Al rato empezó a moverse en busca de su postura.

A mí me parecía que con cada movimiento iba a descarrilar al tren.

Me quedé pensando en las dos cosas que podría hacer.

Descarté decirle algo que le tranquilizara un poco, ya que eso normalmente genera malestar y tensión.

Así que, como te decía, solo veía dos opciones.

La primera era agitarme, con igual fuerza y violencia, en mi asiento para que mi compañero viera lo desagradable que resulta que alguien te zarandee.

La segunda opción era hacer exactamente los mismos movimientos que él hacía, pero con delicadeza, sin hacer temblar los asientos.

Y ahí vi a los dos maestros a los que solemos acudir en situaciones de la vida.

Al que dice, «te vas a enterar de lo que vale un peine» que no es más que una forma de obligar a la otra persona a que se mire en un espejo cuyo reflejo no suele identificar.

O al maestro que enseña con el ejemplo, sin imponer, sin tensionar, solo mostrando el camino que da paz.

Sin apegarse a que el otro comprenda y con la satisfacción de haber llevado al caballo al abrevadero.

Pero no olvides que es el caballo el que debe decidir beber.

(escrito por un humano)

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Autor: Jon Elejabeitia

Cofundador NNexa. Arquitecto

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