98 Un mordisco de libertad

Verás. Seguramente alguna vez, de niño, has hecho pellas.

Recuerdo las primeras pellas que hice en el colegio. No fue muy lejos, nada del otro mundo, a los billares que había en la esquina de la plaza del Niño Jesús.

Mi amigo Román y yo no tuvimos ni que cruzar una calle. Pero ahí estábamos. Yo apretando fuerte la moneda de un duro que nos permitiría jugar al futbolín y Román mirando por si se me caía.

Nuestras cabezas apenas alcanzaban a ver las evoluciones de la bola y con los mandos a la altura de la barbilla hacíamos molinillo,s gritando cada vez que nos acercábamos a la portería del otro. Pronto las diez bolas descansaban de nuevo en las tripas del futbolín.

Salimos y nos dirigimos corriendo a un descampado cercano y allí, sentados al borde de terraplén, respiramos libertad. Lejos de las miradas severas de los curas, de la tabla de multiplicar y de la lista de ríos de España, dábamos patadas a las piedras y las seguíamos con la vista cuesta abajo. Esas horas eran un mordisco de vacaciones que uno le da a su semana un martes cualquiera.

Era como un viaje iniciático por el barrio donde los aprendizajes no están en los libros y los maestros no llevan sotana.

Era una visión distinta de la habitual, las miradas de las personas eran sinceras, hoscas algunas, sonrientes otras y alguna de complicidad cuando comprendían que a esa hora era raro que estuviésemos por la calle.

Visto así puede parecer un día insignificante pero lo cierto es que casi 50 años después lo recuerdo con ternura.

Fue el primer día que pude ser yo, que pude comprobar cómo me desenvolvía por mí mismo en la vida, como gestionaba mi tiempo, que cosas me atraían y cuales no, qué me daba miedo y cómo se cumplían o no mis expectativas.

Aprendí mucho de mi barrio, pero sobre todo aprendí de mí.

Quizá, en tu día a día, necesites también ese mordisco de libertad.

(escrito por un humano)

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Autor: Jon Elejabeitia

Cofundador NNexa. Arquitecto

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