Verás. Cuando vengo a trabajar a Madrid, me quedo a dormir en casa de mi madre.
Es el piso donde he pasado mi infancia y juventud.
Pues verás lo que ocurre.
Duermo en el mismo dormitorio que lo hacía cuando vivía allí con mis padres y hermanos. Me quedo en la misma habitación.
Y ocurre lo siguiente.
En ese dormitorio antes había una lámpara de techo que era muy vertical y acababa en una pequeña bola metálica.
Mi cabeza y esa condenada bola tenían un idilio desagradable y casi todos los días se encontraban, para mi dolor.
Yo buscaba algo en el suelo y, al enderezarme, mi cabeza chocaba con la lámpara.
Así una y otra vez.
¿Para qué te cuento esto?
Bueno, pues esa lámpara ya no está. Ha sido sustituida por un plafón pegado al techo contra el que nadie se choca.
Sin embargo, a pesar de que ya no hay peligro y de que han pasado 45 años, yo sigo agachando la cabeza cada vez que paso bajo ella.
Y me hace pensar que las vivencias de la infancia. Lo que ocurre en nuestra casa materna queda en nuestro inconsciente, y en el presente reaccionamos a estímulos externos precisamente por esas vivencias.
Si mi cuerpo se encoge y reacciona ante una lámpara inexistente, ¿qué no harán mis emociones?
¿Cuántos sentimientos encojo hoy por situaciones vividas con mis padres o hermanos cuando yo apenas tenía bigote?
¿Y cuantos pensamientos inconscientes afloran de manera casi arbitraria?
Da que pensar, la verdad.
(escrito por un humano)