264 La pérdida de paz

Verás. Estoy haciendo un poco de bricolaje en casa.

Algo sencillo. Tan simple como colocar un lavabo con su mueble en al cuarto de baños.

A cualquiera le habría supuesto un par de horas.

Vale, pues yo llevo tres días.

Cuando no es que el sifón no encaja, es que el latiguillo es corto, o no tengo la llave fija del tamaña adecuado…

Así que pierdo mi característica flema británica, la cólera me invade, las imprecaciones surgen y mi paz desaparece a una  velocidad directamente proporcional a mi sensación de torpeza.

Lo que me lleva a reflexionar (cuando me calmo) en lo fácil que es perder la paz.

Me justifico con que no encuentro herramientas, o que hace calor, o que no tengo la pieza que busco porque el de la ferretería me la dio mal…

Pero sé (como te decía, cuando me calmo) que la causa de la pérdida de paz está en algo que nosotros hacemos a los demás, no en lo que recibimos de otros.

Ese algo se ha quedado escondido entre las capas de cebolla que nos hacen llorar y que se formaron por las culpas que hemos cargado sobre otros.

La dificultad está en darse cuenta de que lo que recriminas en otro (el despiste del de la ferretería), vive en nosotros de una forma intensa.

Que lo que me “ha hecho” y siento por ello un gran enfado, lo repito con bastante frecuencia.

Eso es lo que me quita la paz.

Mi torpeza, mi desorden, mi despiste…

Necesitamos vernos así, perdiendo la paz, para ir identificándonos poco a poco en nuestras actitudes.

Lo difícil, cuando te ves, es no juzgarte, los velos se han descorrido y la esperanza hacia el cambio se abre ante ti.

Hay que aceptar lo que uno es. Conocerse a través de lo que nos hace perder la paz y, si no nos gusta lo que vemos, cambiarlo.

Es nuestra oportunidad para efectuar los cambios que necesitemos.

La aceptación es el rasgo más importante del trabajo personal.

Uno se sienta ante sí mismo y acepta lo que ha visto, diciendo que en él está la capacidad de cambiarlo.

(escrito y dibujado por un humano)

263 La queja

Verás. Seguro que hoy lo hayas hecho, mínimo, un par de veces. Puede que más.

Segurísimo que, por lo menos, una vez.

Me refiero a quejarte del calor.

Lo oigo a diestro y a siniestro. Y ojalá fuera solo eso.

Me quejo del calor, de lo caro que están los espetos de sardina, de estar en agosto en Madrid, de no estar…

Yo me quejo, tú te quejas, él se queja.

Lo podemos declinar en todas direcciones ¿o no?

La cuestión es ¿para qué?

¿Para qué nos quejamos de dinero, políticos, pareja, hijos insoportables…?

Porque además sabemos que a nosotros no nos gusta oír quejas de nadie (a no ser que sumemos, complementando las oídas con las propias nuestras)

Sabemos lo dañino, molesto y rechazable que es y, sin embargo, ¡Ahí vamos!

Todos sabemos que lo que aporta es construir, ser optimista, mirar hacia delante, encontrar soluciones a situaciones adversas, actuar cuando es el momento de hacerlo…

Te propongo un día de no queja (las quejas mentales también cuentan)

Experimenta a ver qué pasa.

Observa cómo reaccionan las personas de tu entorno.

Mira tu nivel de energía.

La queja lo baja a mínimos, porque nos quejamos con un fondo de impotencia, de que la situación objeto de esta, escapa a nuestro control.

Y no es así.

Simplemente elegimos el camino fácil de justificar la inacción camuflada en indignación.

Mi mujer nació en Polonia y me repite con frecuencia lo mismo:

«A los españoles os gusta quejaros en los bares, pero a la hora de la verdad, no. Hacéis nada»

Y, estoy empezando a estar de acuerdo.

Está bien que no tomemos acción, no es obligatorio, pero, por lo menos, no nos quejemos.

(escrito y dibujado por un humano)

262 El sol

Verás. Esto es obvio: El Sol sale cada mañana.

Pero esta mañana me hizo pensar.

Porque se alza en el horizonte cada mañana, independientemente de si te levantas o no, si estás de buen humor o no, si le miras o no, si hay nubes o no…

El sale redondo y bello, aportándonos su valor: luz y calor.

Y no se lo cuestiona.

Ningún ser en la naturaleza se cuestiona quién es.

Solo nosotros, los humanos.

Según los científicos hay millones de soles, y el nuestro es de los más pequeños…

Pero él no se compara, le da igual el resto del universo, solo le interesa aportar sus valores en el universo en el que está.

Él está donde tiene que estar, a la distancia perfecta para no achicharrarnos (aunque este verano lo intenta)

Y no tan lejos como para que nos congelemos.

No rompe su cadena de valor en absurdas comparación de lúmenes o vatios con otras estrellas.

Mira dentro tu aportación de valor.

Y llegará la autoaceptación.

Y con ella tu Yo auténtico.

¿Qué te hace olvidarte de quién eres en aras de conseguir que los demás vean algo en ti?

Cuando deseas que los demás te acepten o te reconozcan, ya no estás en la autoaceptación, estás en la aceptación del otro.

Para que seas tu “Yo” tienes que estar en la aportación de valor, sentir la autenticidad, y conocerte a través de la experiencia amorosa de quién eres.

La experiencia amorosa de quién eres es la que te permite conocerte, experimentarte, disfrutarte y llegar hasta donde quieras.

Pero debes mostrarte como eres.

El Sol es.

Be Sol, my friend.

(escrito y dibujado por un humano)

261 Conectar con tu ser

Verás. ¿Eres capaz de encontrar esa cualidad tuya que no cambia ante ningún ejercicio de tu vida, que no cambia estés con quien estés?

Eso es ser.

Esa es la cualidad que no pones en duda.

Esa es la cualidad desde la que puedes aportar valor.

Esa cualidad debe fluir, independientemente de quién está en frente.

Lo que eres es lo que te convierte en todo lo que quieres.

Mira, yo soy alto.

Tengo el concepto de altura dentro de mi mente, y tengo la altura que quiero tener.

Eso me permite pasear por la vida con el concepto de «ser alto»; no de tener altura.

Si me comparo, tendré altura (relativa si voy a ver un partido de baloncesto)

Si «soy»; seré alto.

Esa es la diferencia.

Para ser y para aportar valor, únicamente debemos quitar la comparación.

Si “eres”, no tienes que compararte con lo que tiene otro, ni tienes que medirte con lo que “es” otro.

Lo que eres no exige ninguna medición.

Pero, tranquilo, es imposible que tú solo puedas aportar todo lo que el mundo necesita.

Estás en una cadena de la unidad.

Dentro de la cascada de agua, eres una gota.

Formas parte de la cascada, pero no eres la cascada.

Eres la unidad del agua, pero tu gota no es la cascada completa.

Eres, y cuando eres se produce, de una manera automática, la autoaceptación.

En realidad, no podemos estar excluidos de la cascada, pero sí podemos sentirlo.

(escrito y dibujado por un humano)

260 Visión o embudo

Verás. Nacemos en un mundo de macro posibilidades que vamos consumiendo.

Y tenemos un eje central, que es la llamada interna, que va haciendo que situaciones positivas o negativas nos vayan metiendo en el embudo.

Pero cada una de nuestras situaciones está pidiendo que se cumpla lo que para nosotros es nuestra visión.

Una visión que hemos tenido desde pequeños de nosotros mismos.

En la medida que vamos cumpliendo años, contra nuestra visión, vamos recibiendo golpes duros,

rupturas, ruinas, hijos que nos desobedecen, perdidas de trabajo…

La vida nos va metiendo en el embudo.

Si llegamos a un punto donde la visión no se ha cumplido, viene la crisis vital

que es una llamada para entrar en nuestra visión, que está por encima del mundo, de las parejas, de los padres…

Y esta visión está continuamente llamándonos a su cumplimiento,

y si no le hacemos caso nos va acorralando e iremos viviendo experiencias cada día más dolorosas.

Tenemos una visión de nosotros mismos y, sin embargo, no hacemos un plan de recorrido.

No hay ninguna persona que no pueda conseguir su visión.

Solo hay dos miedos que nos pueden detener:

El miedo a no ser reconocidos y el miedo a que no nos quieran.

Y ellos entorpecen nuestro camino de búsqueda.

Pienso que, si tuviéramos una visión, antes de tener pareja, antes de tener un hijo, antes de elegir un trabajo…

no habría nadie que estuviera mal.

(escrito y dibujado por un humano)

259 Parcelas

Verás. Me encanta escribir sobre la unidad.

Y es bonita la metáfora del libro donde cada uno somos una letra, que conforma una palabra, y juntas una frase y se va escribiendo entre todos la poesía de la vida.

Sin embargo, el mundo está construido de parcelas.

Unas parcelas que nos hacen estar totalmente separados.

Parcelas donde hemos sentido la necesidad de tener.

La necesidad de tener para nosotros.

Momentos donde necesitamos gustar, que el otro nos encuentre atractivos.

Y también momentos donde vamos aprendiendo y lo que conocemos nos hace a diferentes.

Y sentimos  que esa separación constituye una defensa que nos permite estar en un lugar donde nos sentimos seguros.

Parece así que somos enemigos de nuestra felicidad.

No deja de ser paradójico en este mundo globalizado e hiperconectado, donde la intimidad va perdiendo su significado.

Por un lado, se han roto unos niveles externos de separación,

Por otro lado, el troglodita interno sigue dibujando fronteras, y sigue culpando a otros por transgredirlas, y ataca,

y la delgada frontera se convierte en un foso casi imposible de cruzar.

Parece como si el restar tuviese más valor que el sumar.

Parece que la diversidad resta.

Parece que los grises se van desvaneciendo y el mundo ya solo va teniendo dos colores opuestos.

Y, me temo que, si seguimos así, solo quedará un color:

Un color rojo que va tiñendo más y más el planeta.

Y no nos damos cuenta de que el rojo de tu sangre es igual que el rojo de la mía.

(escrito y dibujado por un humano)

258 Los trozos del todo

Verás. Es muy difícil, lo se. A veces parece casi imposible.

Estás todo el día con personas, amigos, familia, conocidos…

Estás en el trabajo y tienes compañeros…

Y lo que es muy difícil es no juzgar, no compararte con los demás.

Yo solo conozco una forma de pararlo.

Y es dándote cuenta de la fabricación que estás haciendo.

Juzgar y comparar es atacar a las personas.

Atacas con algo y ellas te atacan a ti con otro algo.

Al final estás todo el día en una batalla campal.

Todo el día alterado porque no puedes vivir en un espacio donde no hay paz, donde no hay aceptación de la diversidad.

Sentirte mejor o peor que alguien es la muerte de la diversidad.

Todos tenemos algo en lo que hemos puesto el foco y eso es lo que hace que seamos expertos en algo.

Pero ser experto no es ser especial, es haber cogido una parte del conocimiento y haberla puesto al servicio.

De toda la totalidad que hay, hemos recogido un trozo, y en ese trozo nos hemos especializado.

Pero si lo comparas con otro trozo de lo mismo, y con otro, y con otro, todos ellos formarán una unidad de experiencia, pero no una unidad de especialidad.

Lo que hacemos es experimentar con trozos de nuestra experiencia, con trozos de nuestra vida en los que nos hacemos expertos…

Y si lo viéramos así no tendríamos complejos.

Si sales con el complejo de inferioridad, lo que eres es una víctima del mundo.

Si sales con complejo de superioridad, eres un victimizador del mundo.

En ambos casos, un desastre.

(escrito y dibujado por un humano)

257 El libro

Verás, esto de la jarra de ayer parece que estuvo bien y me llegaron vuestros comentarios (gracias)

Así que voy a tirar un poco más del hilo.

Lo anhelamos y a la vez lo cuestionamos continuamente (el amor, claro)

Y, mientras cuestionemos el amor de alguien, en realidad estamos queriendo volver al amor.

Cuando cuestionamos el amor de alguien es porque vivimos la culpa de nuestra falta de amor.

Como decía ayer, si nos diéramos cuenta de que estamos llenos de amor, no necesitaríamos el de nadie.

Cuando no es así, en el lugar del amor encontramos la culpa.

Y todas nuestras relaciones están cuestionando el amor de los demás:

me quieres, no me quieres; me has hecho caso, no me has hecho caso…

Cuando estás lleno de amor, no les preguntas a los demás.

Profundizando, de lo que trata todo esto es de que no hemos sentido el Amor de Dios, porque no nos ha hecho únicos.

Y el recuerdo de querer ser únicos es el que nos hace querer ser especiales.

El recuerdo de querer ser únicos es lo que está haciendo que nuestra vida esté siendo una miseria.

Porque somos únicos, pero no nos damos cuenta.

Va otra metáfora.

Somos como las letras de un libro, que juegan a no construir las frases que hacen el libro.

Somos el libro de la experiencia del amor encarnados en esta experiencia terrena.

Eso es lo que somos. No somos ninguna otra cosa.

Entonces no importa si somos la “A”, la “M”, la “O”, la “R”… Estamos todos intentando escribir este libro, el libro del Amor supremo,

empezando por amarnos tanto que no nos comparemos con nadie.

(escrito y dibujado por un humano)

256 La jarra

Verás. Voy a soltar una de esas frases lapidarias que, por supuesto, puedes cuestionar:

No hay ninguna posibilidad de avanzar en tu vida si tu conciencia práctica no está incorporada a tu sistema.

Y esa conciencia práctica te dice que el amor a ti mismo es el primer peldaño para caminar a cualquier sitio.

Si crees que puedes amar a alguien más que a ti, estás cometiendo un error.

Puedes creerlo, pero ni a los hijos se les ama más que a uno mismo.

Hay una entrega superior, hay un darse, pero el amor solo puede nacer de lo que más conoces, y lo que más conoces en la vida es a ti mismo.

Imagínate que eres una jarra.

Sí, una jarra muy bonita de cristal de Murano.

Y quieres ir por la vida repartiendo agua.

Al principio a tu familia, luego a tu pareja, y más tarde a todo el mundo.

Bien, pues si la jarra no está llena de agua, olvídate.

Debe estar llena para poder dar agua a los demás.

Y, no seas tacaño, es una jarra mágica,

aunque a veces no lo veas, por mucha agua que repartas, siempre está llena.

Siempre.

Y es inviable vivir toda una vida con una fuente inagotable de agua y no compartirla con los demás.

Solo la creencia de que tu jarra se va vaciando y el sentimiento de que los demás deben rellenarla, te hace sentir carente, limitado en tu entrega.

Tranquilo, te garantizo que no se acaba.

Nunca.

(escrito y dibujado por un humano)

255 Motivación y carencia

Verás. A veces, por alguna causa, perdemos la motivación a lo largo del día.

Si te ha pasado, o te pasa, casi seguro que piensas que es transitorio, y que en realidad no te está pasando nada.

Sin embargo, cada vez que tenemos un sentimiento de carencia, se empieza a producir un sentimiento de «no puedo», «no valgo» y «no merezco la pena»

Esto a priori parece que es muy normal y que nos sucede un ratito y que después se va.

El problema es que el «no puedo» nos conecta directamente con la pérdida de un valor que teníamos como real dentro de nosotros.

Y ahí surge la desmotivación, cuando hacemos una desconexión de nuestros valores.

Y surge el doloroso «no puedo»

Y junto a él el no menos doloroso «no valgo»

Y uno cogido de cada mano nos llevan al «no merezco la pena»

Cuando te pasa, te das cuenta de que vas perdiendo movilidad, creatividad, que empiezas a perder conciencia del yo.

Así, empiezas a debilitar las estructuras, y empieza aparecer algo sutil, que no notas, que se llama tristeza.

El ser humano no está preparado para sentirse carente, ni está preparado ni posiblemente  lo vaya a estar nunca. 

Lo que sucede es que cuando empiezas a perder la motivación no te das cuenta de que esa carencia era previa a tener problemas de motivación.

Esa carencia estaba ya soterrada dentro de ti.

Y esa carencia puede tener tres caras: la económica, la emocional o la intelectual.

Y la que nos suele hundir más profundamente es la económica.

Y no porque no tengamos dinero, que podemos tenerlo, sino porque se crea un sentimiento de que no podemos vivir algo que para nosotros es imprescindible.

Puede ser un viaje, puede ser tener una casa, puede ser tener la libertad para poder las vacaciones que soñamos…

(escrito y dibujado por un humano)