Verás. En un arrebato de insensatez me acerqué ayer sábado al centro de Madrid para comprar algún regalo de Navidad.
En las grandes tiendas hay bastantes padres con sus hijos gritando como posesos con la vana intención de que su progenitor despegue los ojos de la pantalla del móvil y les preste atención.
Cuanta menos atención, más gritos.
Cuanto más grito, menos atención.
Qué difícil encuentro la relación entre el yo y el otro.
En dos segundos he pasado de no soportar al niño, a odiar al padre.
Y me doy cuenta de que todo se reduce a una falta de empatía.
Yo no empatizo con el padre, el padre no empatiza ni con su hijo ni con el resto de nosotros que tenemos que soportar los gritos, el niño no empatiza con nadie…
Y la cara que pone la madre me hace pensar que las relaciones de familia son las más complicadas de todas.
Creo que es porque las relaciones de familia significan la unión de dos materias diferentes en una sola cosa.
Y esa es una combustión complicada.
Pero podría ser muy fácil.
Solo necesitamos observar al otro desde su luz.
Y eso lo haremos si miramos desde la nuestra.
Cuando me miro desde la luz no estoy escondiendo mi sombra.
Estoy mirando mi luz, y la sombra no existe.
Por el contrario, cuando tengo una sombra escondida no estoy mirando tu luz.
Oculto lo que soy.
La sombra es no querer ver lo que uno es en negativo.
E incluso en positivo.
Sombra es ver que tienes un defecto, y como no quieres sacarlo, entonces te lo guardas.
Eso es sombra.
Equivocarse es luz.
(escrito y dibujado por un humano)
