Verás. Con eso de que la Navidad cada año es más el mercadeo que ocurre entre Black Friday y Reyes, voy a escribir sobre el dar y el recibir.
Ocurre con frecuencia (a ti no, pero seguro que tienes un amigo al que le pasa) que nos sentimos dioses para dar, mientras que al otro le convertimos en vasallo para dar.
Me explico.
«Yo doy lo que quiero dar y tú das lo que yo te pido»
Y hay algo que no está correcto.
Hay algo que debemos analizar si queremos romper los lazos del rencor, del dolor, de la miseria, del abandono, de sentirnos marginados por un concepto que es «lo que yo hago y lo que yo digo es perfecto, y lo que tú dices y tú haces está hipotecado por mi perfección»
Si yo lo veo perfecto, es perfecto y si lo veo imperfecto, es imperfecto.
Con independencia de quién nos lo haya enseñado, la única verdad que existe es que todos somos iguales.
Con la misma capacidad de dar y de recibir y con la misma capacidad de ser culpables o no serlo.
Si somos únicos, estamos solos, porque el otro es único también.
Es complicado para mí entender que nosotros somos únicos y que el otro existe.
Es decir, somos Dios y luego están los que caminan por debajo.
Nos sentimos dioses que tienen gente que les sigue, porque si fuésemos únicos, no habría nadie, no nos podrían amar.
Es como si estuviéramos buscando la adoración.
No tenemos un mensajero sabio, como lo tiene el budismo, como lo tienen otras civilizaciones, nosotros tenemos un mensajero divino, que es Dios.
Si el mensajero es Dios, y nosotros somos como él, ya estamos perdidos.
Se supone que, si somos únicos y somos dioses, seríamos la encarnación del amor.
No estaríamos esperando amor, porque somos amor.
Si somos dioses, como el concepto de amor es Dios, el amor supremo…
¿Por qué no tenemos el amor supremo, sino que esperamos que nos amen supremamente?
(escrito y dibujado por un humano)
