Verás. Imagínate dos círculos concéntricos.
Vamos a ponerles color: el de dentro turquesa, y el de fuera rojo.
Al principio, los dos tienen casi el mismo tamaño.
Van pasando los años y en el crecimiento de ambos se pueden producir dos escenarios:
Que ambos crezcan más o menos a la vez, o que el externo se desarrolle mucho y el interno permanezca igual.
Tú eres esos dos círculos.
El interior, el turquesa, es tu talento, tu valor nuclear, tu máxima competencia… tu esencia divina:
Es la «herramienta» con la que has venido al mundo.
El círculo exterior, el rojo, es tu cuerpo; el lugar donde está alojada esa esencia.
Nacemos con esos círculos casi iguales.
Luego la vida nos lleva a desarrollar el externo: estudiar, trabajar, crecer profesionalmente, pagar hipotecas, sostener una familia, buscar éxito profesional…
Eso está muy bien.
El problema nace cuando hacemos crecer el círculo rojo y no lo acompañamos con el turquesa.
Nos ocupamos de que crezca mucho uno, y nos olvidamos de que, si ese crecimiento va acompañado del otro, seremos felices y nos sentiremos plenos.
Imagínate que tu círculo interior está lleno de creatividad.
Si tu esencia creativa te acompaña en la vida, en el desarrollo profesional, en tu trabajo, en tu propio negocio, te sentirás dichoso ya que aquello con lo que vienes a la vida está siendo utilizado.
Pero puede pasar que no sea así. Que tu esencia divina quede ignorada en aras de haber potenciado mucho el círculo exterior, sin mirarla.
O puede que la hayas utilizado hasta un cierto punto y ahora otras responsabilidades del trabajo te estén alejando de ella.
Por ejemplo, dedicas mucho tiempo a ver clientes, tareas administrativas, gestionar al personal…
Y te olvidas de la creatividad.
Tu tiempo se escurre apagando incendios en vez de construyendo edificios.
Y, por la noche, te sientas al borde de la cama, y tu alma llora contigo.
(escrito y dibujado por un humano)
