Verás. Ayer estuve en una charla sobre Inteligencia Artificial, dirigida a personas de recursos humanos de diferentes empresas.
Cundió un poco el pánico con los últimos avances de la IA y lo misterioso que es el cómo obtiene las acertadas conclusiones que saca.
Me quedé con un par de datos:
Se está trabajando hacia la inmortalidad.
Por lo visto ahora, cada año retrasamos la media de mortalidad 3 meses.
Pues ya se intenta que cada año se retrase la edad de mortalidad más de un año.
Eso quiere decir que matemáticamente podemos ser inmortales.
Dudo que venzamos la entropía general, pero, además,
¿para qué queremos vivir más?
En muchas ocasiones no encontramos el sentido a la vida que tenemos, entonces, ¿para qué prolongarla?
¿Por qué ese interés en eliminar el ciclo natural de todo?
La otra cosa que me intrigó fue que, por lo visto, muy pronto podremos descargar nuestros pensamientos en un disco duro externo.
Es decir, podemos vaciar nuestro cerebro; y el ponente se preguntaba:
Entonces ¿quién soy yo? ¿Qué pasa con mi cuerpo? ¿Soy mi cuerpo o soy mi cerebro?
Esa reflexión me tranquilizó mucho porque me di cuenta de que la IA solo está rascando la superficie.
No tiene ningún sentido alarmarse.
Porque, yo no soy mi cuerpo.
Mi cerebro es un órgano más de mi cuerpo, así que yo no soy mi cerebro.
La IA está muy lejos, si es que alguna vez puede, de alcanzar nuestra mente, nuestra alma, nuestro espíritu… nuestro ser.
Y replicarlo.
La compasión, la caridad, la fe, la intuición, la visión premonitoria, el propósito de vida… para mí, eso no está en el cerebro, está en mi mente, y…
¿dónde está mi mente?
Buena pregunta.
(escrito y dibujado por un humano)
