Verás. Esto lo hacemos muchos, quizá tú también.
Y tiene que ver con la comunicación.
Con la comunicación de lo que sentimos hacia alguien.
La semana pasada una querida amiga me envió un audio de WhatsApp con la voz entrecortada de angustia.
Resulta que su pareja estuvo indispuesta el fin de semana y finalmente fueron al hospital a que le hicieran unas pruebas.
Todo bien, le dieron algún calmante para el dolor y a casa.
Al día siguiente mi amiga recibe una llamada del hospital, exenta de tacto, empatía y delicadeza.
Le dijeron que habían visto algo en las pruebas y que era muy grave. Que volviera inmediatamente al hospital, que era muy urgente, que tenían que hacer más pruebas.
Mientras se las hacían me envió el angustiado WhatsApp.
La palabra cáncer ya picoteaba su cerebro.
Y pensó en dejarlo todo, en marcharse con él al fin del mundo a disfrutar de lo poco que le quedaría de vida a su alma gemela.
Y, no me lo dijo, pero en ese instante valoró lo que significaba la relación.
Lo importante que era para ella.
El amor, que seguramente no expresaba con regularidad y que ahora manaba a raudales mezclado con el miedo a la pérdida.
Y valoró cada caricia recibida y dada.
Y pensó que podría haber sido mejor amanta y más amiga.
Al final, era una peritonitis y a lo mejor en el futuro, según evolucione, le quitan la vesícula.
Yo no sé muy bien para qué sirve la vesícula, pero me quedó muy claro para qué sirven las palabras.
Comprendí que pasamos la vida junto a alguien sin poner nuestro corazón en sus manos.
Pasamos años junto a un compañero de trabajo sin reconocer su labor.
Vamos a comer todos los domingos a casa de nuestros padres sin agradecerles la existencia.
Y, a veces, la vida nos lo recuerda.
¿Para qué esperar?
(escrito y dibujado por un humano)
