Verás. Desde las épocas más remotas los seres humanos hemos alzado nuestras caras al cielo.
Lo hemos considerado como el reino de la perfección y del equilibrio y así lo hemos reflejado en nuestras construcciones.
El sol, la luna y las estrellas han regido casi desde siempre la orientación de la arquitectura.
Primero fueron los edificios sagrados y luego la planificación de toda la ciudad, las decisiones de dirección y emplazamiento de las construcciones no han quedado al azar.
Damos significados a los edificios para que representen nuestros sistemas de creencias en un tiempo y en un espacio concretos.
La arquitectura, de alguna manera, ha servido para expresar y comunicar los valores asociados a nuestra existencia.
Es difícil encontrar edificios y poblaciones orientados al azar.
Suelen estar alineados respecto a la trayectoria del Sol, la Luna o las estrellas con el objetivo de crear aquí, en la Tierra, un lugar de encuentro con los dioses.
No hace falta irse muy lejos para ver ejemplos: en casi todas nuestras iglesias cristianas se entra por el oeste y se avanza hacia el este, donde se sitúa el altar.
Ese camino representa el paso de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida.
Los edificios que hemos construido, también nos han representado a nosotros mismos en la medida en que han sido reproducciones simbólicas de nuestro cuerpo, o de partes de él.
El lugar más sagrado de la antigua Grecia, el complejo de templos de Delfos era conocido como el ombligo del mundo.
A menudo se marca como el axis mundi, el lugar donde se juntan las tres regiones del cosmos: Cielo, Tierra y Submundo.
Dicha unión lo convertía en el ámbito perfecto para la comunicación con Dios.
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(escrito y dibujado por un humano)
