Verás. Aunque el otoño empezó el día 22, por el tiempo, parece que ahora viene de verdad.
Y el ritmo de la vida se acelera con él.
Sustituimos la actividad al aire libre del verano por otra, más subjetiva, soterrada e interior.
Un poco de Jung: “…lo que la juventud encontró fuera; en el otoño de la vida, tanto el hombre como la mujer lo encontrarán dentro.”
Mirando los árboles tenemos una percepción más consciente del proceso de envejecimiento.
Con las hojas caídas aparece la tristeza, como una transición momentánea que nos permite ver el mundo con desapego, todo efímero y transitorio.
También está la sensación de plenitud pues nos encaminamos hacia las puertas del misterio, del interior, de lo oscuro, del conocimiento antiguo.
En el otoño tendemos a reflexionar sobre lo que nos queda por hacer y la falta de tiempo para ello.
La sociedad se relaciona feliz por el final de la jornada y un tanto triste por la llegada de la noche.
Los negocios empiezan un nuevo curso y viven los últimos esfuerzos para cumplir metas y obtener resultados.
El sentido del deber no cumplido y el rechazo a lo que queda por hacer provoca que aparezca la tristeza… puede que la depresión.
Una depresión aupada por la despedida de las vacaciones.
La dificultad para incorporarse al ritmo post vacacional es muy notoria.
El mes de septiembre y octubre son los más lentos para este cambio y hay como un examen de desapego de los disfrutes para volver a las obligaciones.
Desconectar de la vida nocturna para acortar la jornada de placeres… mezcla de calor y frío, deseo de no hacer nada…
La expectativa más alta del otoño es no envejecer, no morirse, no ser olvidado…
(escrito y dibujado por un humano)
