Verás. No creo que tengas una pequeña estatua de Hestia en tu vivienda (aunque nunca se sabe) pero, aun así, ¿dirías que vives en una casa o en un hogar?
Puede que no seas arquitecto o diseñador, pero para tu casa sí lo eres.
¿Quién, si no, ha elegido ese cuadro, esos colores para las cortinas o la silla solitaria del dormitorio?
Has construido y diseñado tu entorno inmediato para sentirte cómodo rodeado de objetos que te gustan y que guardan historias en su interior.
Historias que solo tú sabes y quizá compartas en la intimidad de alguna presencia especial;
son parte de ti, de la misma manera que tú eres parte de ellas.
Tienes una construcción de ladrillo, acero y cemento, con un solado de gres y yeso pintado de blanco en las paredes…
Eso es una casa.
De repente, tu alma se introduce en ella y la transforma.
Una nueva energía la inunda y esa vivienda te acoge de otra manera más profunda, más tierna y más cálida.
Tu casa se acaba de convertir en hogar.
Este cambio no tiene nada que ver con los colores, la decoración o los muebles.
Todo eso ayuda, claro, pero se necesita la chispa divina para la transformación.
Es un instante en el que el amor entra a llenar con su energía cada rincón.
Es un acto volitivo que debes desear y permitir.
Los arquitectos solemos hablar de casa y no de hogar.
Es como si delegáramos la responsabilidad de la conversión en el inquilino.
La casa debe ser útil y a la vez armoniosa, proporcionada y bella.
Una vez conseguidas estas premisas, nuestra labor ha terminado.
Ahora está en tus manos convertir ese cubículo en hogar.
La casa es la parte física del hogar: las paredes, la cubierta, los suelos…
Después ocurre la magia donde todos estos componentes toman vida, se nutren de emoción y amor, y nace su alma: ahora ya es un hogar.
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(escrito y dibujado por un humano)
