Verás. Hay algo que nos cuesta mucho. Muchísimo. Y sin embargo lo seguimos haciendo.
Lo que nos resulta difícil es olvidar, de forma intencionada y liberadora, el daño que otro nos ha hecho.
(y si nos resulta difícil a nosotros, imagínate a nivel de naciones, etnias… los judíos no olvidan y los palestinos no olvidarán)
Olvidar, pero de una forma liberadora, totalmente entregada.
Qué poco capaz me encuentro de, ante una ofensa, plantearme que es ignorancia y que no me han querido hacer daño.
Nos cuesta aceptar la envidia, la agresión, el abandono, la ruina, sintiendo que son pruebas de vida.
En el fondo es todo un trabajo de liberarnos del odio. ¿Por qué cuesta tanto?
Como decía Churchill, odiar es como tomar veneno y esperar que se muera el otro.
El odio es un gran paralizador del crecimiento personal y de nuestro desarrollo como personas.
Nos detenemos porque no sabemos perdonar.
Y el perdón es la resurrección absoluta a cualquier situación.
De alguna manera, todo lo que necesitamos para nuestro desarrollo en esta vida nos viene dado.
Otra cosa es que queramos más de lo que necesitamos o que creamos que necesitamos cosas que, en realidad, no nos aportan nada al camino.
A veces pienso que, en realidad, es porque nos sentimos dios.
Dios en un reino equivocado, donde no permitimos que alguien no nos ame, no permitimos que nos abandonen…
No tengo poder, porque me lo quitan; no tengo prestigio, porque no me aceptan; mis conocimientos no son válidos, porque el otro tiene la razón; no me puedo expresar, porque me bloqueo…
En realidad, no tengo libertad porque los demás no me dan la libertad, me poseen, no me dejan hacer lo que yo quiero.
Y les odiamos.
Estamos esperando algo de los demás que ni siquiera sabemos cómo entregarlo nosotros.
Cómo darle la libertad al otro para lo que el otro necesita, cómo permitirle que sea libre.
Lo único que al hombre le domina y le sitúa en una actitud de carencia es pensar que él se merece las cosas y su compañero de filas no.
(escrito y dibujado por un humano)
