Verás. Estoy haciendo un poco de bricolaje en casa.
Algo sencillo. Tan simple como colocar un lavabo con su mueble en al cuarto de baños.
A cualquiera le habría supuesto un par de horas.
Vale, pues yo llevo tres días.
Cuando no es que el sifón no encaja, es que el latiguillo es corto, o no tengo la llave fija del tamaña adecuado…
Así que pierdo mi característica flema británica, la cólera me invade, las imprecaciones surgen y mi paz desaparece a una velocidad directamente proporcional a mi sensación de torpeza.
Lo que me lleva a reflexionar (cuando me calmo) en lo fácil que es perder la paz.
Me justifico con que no encuentro herramientas, o que hace calor, o que no tengo la pieza que busco porque el de la ferretería me la dio mal…
Pero sé (como te decía, cuando me calmo) que la causa de la pérdida de paz está en algo que nosotros hacemos a los demás, no en lo que recibimos de otros.
Ese algo se ha quedado escondido entre las capas de cebolla que nos hacen llorar y que se formaron por las culpas que hemos cargado sobre otros.
La dificultad está en darse cuenta de que lo que recriminas en otro (el despiste del de la ferretería), vive en nosotros de una forma intensa.
Que lo que me “ha hecho” y siento por ello un gran enfado, lo repito con bastante frecuencia.
Eso es lo que me quita la paz.
Mi torpeza, mi desorden, mi despiste…
Necesitamos vernos así, perdiendo la paz, para ir identificándonos poco a poco en nuestras actitudes.
Lo difícil, cuando te ves, es no juzgarte, los velos se han descorrido y la esperanza hacia el cambio se abre ante ti.
Hay que aceptar lo que uno es. Conocerse a través de lo que nos hace perder la paz y, si no nos gusta lo que vemos, cambiarlo.
Es nuestra oportunidad para efectuar los cambios que necesitemos.
La aceptación es el rasgo más importante del trabajo personal.
Uno se sienta ante sí mismo y acepta lo que ha visto, diciendo que en él está la capacidad de cambiarlo.
(escrito y dibujado por un humano)
