Verás. Los sentimientos son algo que no deja de sorprenderme. Especialmente cuando están condicionados a los del otro.
Me explico.
Yo condiciono mis sentimientos a los tuyos.
Si tu no me amas, yo no te voy a amar a ti, no vaya a ser que no exista esa bidireccionalidad.
¿Qué nos hace no ser libres para sentir, independientemente de lo que sienta el otro?
El sentimiento debería ser igual de libre para odiar como para amar.
El amor que tú tienes no tiene que ser un amor condescendiente, ni tiene porqué ser un amor frío.
Si tú tienes la razón, al lado hay otra razón tan libre como la tuya.
Si tú tienes dolor, al lado hay otro dolor tan increíble como el tuyo.
En la medida en la que pensamos que nuestro dolor es el máximo, que nuestra capacidad es la máxima y que lo que nos merecemos el otro no se lo merece, es imposible tener una vida de iguales.
Puedes ponerte rodilla en tierra delante de alguien y declararle amor eterno.
Pero eso no debería vincular en ningún momento la posibilidad de que el otro te ame a ti.
Solamente amamos lo que nosotros sentimos.
Y eso que sentimos, nos vincula a nosotros con esos sentimientos, no vincula al otro.
Si no hay esa libertar, estamos hipotecando el camino.
Una hipoteca que anula nuestra existencia.
Si no hay libertad para sentir, no hay libertad para amar.
Mis sentimientos no hipotecan a nadie en mis sentimientos.
Mi amor no hipoteca a nadie en mi amor.
Mi camino no hipoteca a nadie en mi camino.
Porque si yo hipoteco al otro en mi camino, lo que estoy diciendo es que existe un solo camino, el mío, y el del otro no existe.
Y si el camino del otro no existe, es que he cortado el circuito del camino, porque me he convertido en un ser en solitario.
(escrito y dibujado por un humano)
