Verás. Las estadísticas nos dicen que el verano es la estación del año donde se rompen más parejas.
¿Las causas?
Bueno, se acentúa lo típico: falta de comunicación, aburrimiento, distancia, pasión inexistente… al pasar más tiempo juntos.
Sin embargo, algo me dice que no debería ser así.
Quizá el error es pensar que hemos encontrado la pareja perfecta, el amor ha surgido y simplemente nos dejamos llevar por él.
Y creemos que así caminaremos juntos el resto de nuestras vidas.
Y ¿por qué no ocurre así? (en la mayoría de los casos, siempre hay excepciones)
Como yo lo veo, tener una pareja es un trabajo a tiempo completo. Es como vivir en un chalé.
Siempre hay algo que arreglar: una gotera que tapar, un césped que segar, una teja que se ha movido, el desconchón en la fachada, la puerta del garaje que chirría…
Como en la pareja.
No basta tenerla, hay que cimentar de alguna manera ese amor para que siempre brille como el primer día, real y profundo.
Y tenemos que ser conscientes de cómo cargamos a la pareja con la mochila que llevamos a cuestas desde la infancia,
desde nuestra particular vivencia de la relación de nuestros padres.
Esas nuevas parejas de verano, ¿desde dónde las elegimos?
Si nuestra relación se sustenta del ombligo para arriba, con el corazón y con la mente, tendremos muchas más posibilidades de permanecer en el tiempo.
Si la unión es por el cuerpo serrano, durará poco. La entropía natural acabará con ella.
Si es desde la emoción, habremos idealizado un príncipe azul o una princesa escarlata.
Luego están los planos mentales donde hay una comunión en el entender la vida, en los valores, en la misión y visión del futuro…
La duración de la pareja es directamente proporcional a esta elección.
Lo físico se agota rápido, el encandilamiento emocional suele chocar con una realidad compleja, y solo la conexión mental perdura en el tiempo.
Es más, este amor mental suele arrastrar a los otros dos que, en realidad, son percepciones que irán creciendo según madure este último.
(escrito y dibujado por un humano)
