Verás. Paseo por El Retiro y me para un rato a observar cómo juegan los niños.
Y hay una etapa de esa niñez en la que somos tremendamente egoístas.
Cuando son muy pequeños, sus sentimientos no existen más allá de sus necesidades.
Hay uno muy pequeño. No sé calcular la edad, pero todavía no se sujeta del todo erguido.
Está intentando mantenerse de pie, y ahí no tiene sentimientos. Lo que hace es utilizar sus sentidos para sujetarse, y desde ahí poder moverse y relacionarse con los demás.
Le observo y veo que desde su estado de supervivencia no siente. Sus sensaciones le llegan desde los sentidos, no desde los sentimientos.
Al sentir el movimiento cree que se puede caer, y lo que hace es asentarse dentro.
Los sentidos le permiten conectar con el entorno, conectar con las personas…
Y veo su miedo. A caerse, a hacerse daño.
Y vuelvo mi mirada hacia mí y reflexiono sobre cómo he manejado el miedo.
Primero he pasado por un miedo instintivo, como el del niño a hacerse daño.
Ese es fácil.
Luego el miedo a si me van a querer o no. Miedo al rechazo, a no ser válido para alguien.
Ése es más difícil. Ése requiere identificar las áreas en las que no me acepto y trabajar con ellas.
Es un miedo desagradable que me hace refugiarme en el pensamiento. Porque ahí no duelen las cosas.
Y descubro que es ahí donde reside la solución a todos los miedos.
Pensar sintiendo. Tener un pensamiento que no esté carente de emociones.
(escrito por un humano)
