Verás. Mi padre era de Bilbao. Del mismo Bilbao.
Era un hombre recto, justo, y con una fuerza impresionante.
No me refiero a esa fuerza tan vasca de levantar piedras.
Me refiero a la fuerza interior que forja un carácter. A la firmeza en las decisiones, a no tener que buscar aceptación, o saber ser firme…
A esa fuerza.
Vale, pues me dijo una sabia mujer que yo también la tenía.
Yo no la veo por ningún lado, pero ella insistía en que no la ejercía porque había introducido un virus en el sistema.
Resulta que el virus era que yo veía que la fuerza de mi padre tenía un pero, que había dado forma a una creencia interna:
«Las personas que tiene mucha fuerza son autoritarias y dan un poco de miedo»
Y, sí, mi padre daba un poco de miedo.
Yo he buscado siempre que las personas me quieran, y generar miedo es incompatible con eso.
Así que a lo largo de los años he ido guardando esa fuerza interna en aras de ser aceptado.
No he querido aprender de la fuerza de mi padre y como disculpa he puesto el virus del autoritarismo.
He utilizado mi creencia como tapón para no ejercer una fuerza que me llevaría a comprometerte con la vida, a enfrentarte a situaciones que no me gustan, a tomar decisiones con la valentía de saber que puedo con ellas…
Evidentemente es mucho más cómodo decir que no quiero ser autoritario.
Pero la vida me ha hecho conocer a personas que tienen mucha fuerza, y no son autoritarias.
(escrito y dibujado por un humano)
