Verás. Sigo con el tema porque me parece fascinante.
Si no leíste la entrada de ayer (¿dónde estabas?) escribía sobre las consecuencias de las expectativas.
Y puedo definir la expectativa como esa escultura de cristal que tallamos con el cincel de la carencia.
Compramos un billete de lotería, quizá porque nos vemos carentes de dinero, y tenemos la expectativa de enriquecernos de manera fácil y rápida.
Esa frágil escultura es una suerte de predicción de una esperanza a futuro.
Nada malo en eso, está genial tener sueños, visiones y esperanzas de un futuro mejor.
Lo duro es cuando ese futuro lo escribimos palabra por palabra y queremos que sea exactamente así.
Dejamos nuestro trabajo actual por dificultades con nuestro jefe, y mientras enviamos currículos, ya estamos haciendo el retrato robot del jefe que nos gustaría tener.
Y vuelve a chocar la realidad con la ficción.
Imagínate ese mismo escenario, pero con el siguiente pensamiento.
Sé que voy a tener, en mi nuevo trabajo, el jefe que me va a aportar, en esta fase de mi vida, lo que necesito para aprender para seguir creciendo.
Aceptación versus expectativa.
Me hace gracia jugar a la lotería (no es mi caso) pero acepto tanto que me toque como que no me toque.
Acepto el aprendizaje que estoy haciendo con la pareja que tengo y lo único que quiero es entregar lo mejor de mí, sin esperar nada a cambio.
Y, de esta forma, la escultura de cristal no estallará en mil pedazos cuando se mire en el espejo de la realidad.
(escrito y dibujado por un humano)
