Verás. La primera vez que volé con mi hija, ella debería tener 4 o 5 años (a lo mejor exagero y tenía alguno más)
El caso es que estábamos en el aeropuerto rumbo a Barcelona.
Ella estaba muy emocionada con toda esta nueva experiencia de ruidos, personas que van y vienen, maletas y despedidas.
Pasamos seguridad y con las tarjetas de embarque en la mano le encomendé una misión.
Tenía que encontrar ella sola la puerta de embarque número 27.
Me mira con extrañeza y se le repito.
Sí, tenemos que ir a donde está el avión. Mira los números y llévanos a la puerta 27.
Se quedó paralizada unos minutos.
Miraba las señales, las flechas y a mí, alternativamente.
Yo no me movía, dispuesto a perder el avión si era necesario. Lo primero el aprendizaje (me repetía mirando de reojo el reloj)
Quería que mi hija fuera autosuficiente, que buscara la lógica de los números y las señales. Que dedujera el camino intelectualmente. Que pensara cómo solucionar este problema.
Y, sí, lo solucionó.
Pero no como yo pensaba (o habría hecho)
Se acercó a una persona vestida con el uniforme del aeropuerto y, con su mejor sonrisa, le preguntó cómo se llegaba a la puerta 27.
Volteó la cabeza triunfante y aleteando impaciente la mano gritó: ¡Vamos, vamos!
A veces (muchas) la solución de los problemas es mucho más fácil de lo que parece.
Y, a veces (muchas) está relacionada con personas.
(escrito por un humano)