Verás. Sigo dándole vueltas a esto de la Semana Santa.
Y, como es habitual, tengo más preguntas que respuestas.
Porque todo tiene que ver con la culpa y el castigo.
Ayer acababa con una pregunta: ¿Para qué necesito crucificar a todos aquellos que me han hecho daño y, además, no los resucito?
Nos resulta muy, muy difícil (por no decir imposible) olvidar, de una forma absolutamente intencionada y liberadora, el daño que otro nos ha hecho.
De una forma liberadora, de una forma absolutamente entregada.
¿Te permites aceptar que alguien no te ame?
¿Aceptas la envidia, la agresión, el abandono, la ruina, sintiendo que son pruebas de la vida y no más?
De alguna manera revertimos nuestras culpas culpando a los demás.
Es muy probable que, si has vivido alguna de las situaciones anteriores, hayas encontrado algún culpable de lo que pasó.
Y, por supuesto, no le quieres dejar impune.
Y, por supuesto, vas acumulando odio.
Puede ser que, en el fondo, nos creamos dioses.
Dioses en un reino o equivocado.
Si no permitimos que alguien no nos ame, porque pensamos que nos lo merecemos,
Si no permitimos que nos abandonen, porque pensamos que las cosas tienen que estar donde nosotros queremos,
Es porque hay algo mucho más oscuro de lo que podemos pensar, tenemos que saber qué es. Tenemos que encontrarlo.
No tiene sentido que en el principio y en el final de las circunstancias, lo que nos encontremos es que estamos paralizados, que no sabemos perdonar.
Y el perdón es la resurrección.
La resurrección absoluta a cualquier situación.
¿Qué nos hace vivir permanentemente en el rencor, en el resentimiento, en la paralización, en el no crecimiento?
(escrito por un humano)