Verás, en la vida, cada vez que lo he necesitado, ha aparecido un maestro.
Cada vez.
Sin falta. Ahí han aparecido.
Los tres más importantes ya no están.
Y, a veces, me siento solo. Y los echo de menos.
Mucho.
El primero, mi padre, murió hace 32 años.
Un hombre sabio, recto, de Bilbao, con una basta cultura y una aguda inteligencia.
De él aprendí el sentido del deber, la generosidad y la justicia. A él le debo la tranquilidad económica y la libertad profesional.
Andrés, mi segundo maestro, murió hace 2 años.
Yo no le veía desde hace más de 14 y, sin embargo, le tengo muy presente.
Un hombre apasionado, sabio, amante de la ópera, humano y directo.
Él me enseñó la profesión, fue mi primer mentor, me dio mi primera oportunidad y confió en mí, haciendo crecer la confianza en mí mismo.
De él aprendí integridad, a darlo todo hasta el último minuto y a valorar lo brillante de la mente humana.
Mi último maestro, Joaquina, falleció hace casi 8 años.
Una mujer increíble, entregada, carismática, con una inteligencia y una comprensión del ser humano al alcance de muy pocos.
De ella aprendí a conocerme, me enseñó mi luz mostrando la suya, me abrió el camino de la trascendencia y con ella comprendí mi propósito en la vida.
De todas las personas aprendemos algo. Especialmente de las parejas.
Sin embargo, a lo largo de la vida aparecen unos pocos maestros clave. Aquellos que de verdad hacen virar a tu barco y lo aproan a su destino.
Y se marcharán cuando ya no los necesites.
Pero puedes cerrar los ojos y pedirles consejo. Y agradecerles lo aprendido.
Y ellos siguen ahí.
Siempre.
(escrito por un humano)