131 La soledad del corredor de fondo

Verás, en la vida, cada vez que lo he necesitado, ha aparecido un maestro.

Cada vez.

Sin falta. Ahí han aparecido.

Los tres más importantes ya no están.

Y, a veces, me siento solo. Y los echo de menos.

Mucho.

El primero, mi padre, murió hace 32 años.

Un hombre sabio, recto, de Bilbao, con una basta cultura y una aguda inteligencia.

De él aprendí el sentido del deber, la generosidad y la justicia. A él le debo la tranquilidad económica y la libertad profesional.

Andrés, mi segundo maestro, murió hace 2 años.

Yo no le veía desde hace más de 14 y, sin embargo, le tengo muy presente.

Un hombre apasionado, sabio, amante de la ópera, humano y directo.

Él me enseñó la profesión, fue mi primer mentor, me dio mi primera oportunidad y confió en mí, haciendo crecer la confianza en mí mismo.

De él aprendí integridad, a darlo todo hasta el último minuto y a valorar lo brillante de la mente humana.

Mi último maestro, Joaquina, falleció hace casi 8 años.

Una mujer increíble, entregada, carismática, con una inteligencia y una comprensión del ser humano al alcance de muy pocos.

De ella aprendí a conocerme, me enseñó mi luz mostrando la suya, me abrió el camino de la trascendencia y con ella comprendí mi propósito en la vida.

De todas las personas aprendemos algo. Especialmente de las parejas.

Sin embargo, a lo largo de la vida aparecen unos pocos  maestros clave. Aquellos que de verdad hacen virar a tu barco y lo aproan a su destino.

Y se marcharán cuando ya no los necesites.

Pero puedes cerrar los ojos y pedirles consejo. Y agradecerles lo aprendido.

Y ellos siguen ahí.

Siempre.

(escrito por un humano)

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Autor: Jon Elejabeitia

Cofundador NNexa. Arquitecto

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