Verás. Al dios Jano, los antiguos romanos le representaban con dos caras opuestas a ambos lados de una misma cabeza.
Era el dios de los comienzos y de los finales.
Era el que tenía la capacidad de ver los dos mundos al mismo tiempo.
Su condición bifronte le permitía ver pasado y futuro y se le consagró como el dios de las puertas, perennemente en el umbral de dos situaciones opuestas.
Nuestra cultura occidental está regida por la dualidad: femenino/masculino; bueno/malo; mente/ cuerpo; sujeto/objeto; luz/oscuridad…
Es precisamente la separatriz la que hace que estos pares de palabras no entren en colisión.
Es esta separatriz donde reina Jano y, a veces, es tan sutil que pasamos de una a otra sin casi darnos cuenta.
Pero por lo general, a mi modo de ver, no pasamos el suficiente tiempo en esta separatriz valorativa que nos ayudaría a tomar conciencia sobre las decisiones que vamos a tomar.
Si tiras una moneda al aire a lo mejor cae de canto, pero es poco probable.
Sin embargo, es solo desde el quicio de la puerta desde donde uno puede tomar la decisión de entrar o salir.
Desde ahí vemos con claridad que solo existen decisiones tomadas desde el amor o desde el miedo.
Nuestra cabeza bifronte ve las dos opciones.
No hay otras.
Todo se reduce a esta dualidad.
Amor o miedo.
Casi siempre sabemos cuál es la opción de amor y cuál es la de miedo.
Otra cosa es la que decidimos tomar.
(escrito por un humano)