Verás. Estoy empaquetando ya cosas para una próxima mudanza.
Y me doy cuenta de que muchos de los objetos que guardo no los poseo yo, sino que ellos me poseen a mí.
Porque todo, absolutamente todo, lo que guardo en cajas tiene una historia, tiene un pasado y su presencia me empuja hacia él.
En muchos casos son cosas inútiles, innecesarias, pero son un disparador hacia algo que no quiero olvidar.
Todo lo que has vivido con un objeto concreto lo hace especial. A lo mejor lo encontraste, o lo compraste, o te lo regalaron…
Al verlos todos juntos, en cajas, es como observar el desarrollo de mi historia personal, y refuerza mi sentido de identidad.
Y me pregunto para qué necesito que unas cosas desarrollen mi sentido de pertenencia.
¿Por qué necesito pertenecer?
No son más que vestigios, hallazgos arqueológicos, de una vida ya vivida.
Algunos están rotos, o tiene grietas y abolladuras.
A esos les tengo todavía más cariño.
Sus heridas hablan de algo doloroso.
Lo hacen de la misma manera que lo hace nuestro cuerpo.
Nuestro cuerpo guarda una memoria de los acontecimientos más íntimos, algunos de los cuales no nos atrevemos a revelar.
Sin embargo, vuelven al presente cada vez que nuestros dedos recorren la cicatriz.
Nuestra piel es como la hoja en blanco donde se va dibujando el paso del tiempo.
No llego a comprender por qué algunos de nosotros quieren tapar la cartografía de la vida. Escondiendo arrugas, estirando pliegues…
El arañazo en la mesa está ahí de la misma manera que nuestras arrugas, expuestas, para indagar sobre ellas, para sacar sus secretos.
Y, sobre todo, para pasar página. Para no apegarnos al pasado. Ni al dolor, ni a la felicidad.
Y puede que así podamos construir un futuro.
(escrito por un humano)