Verás. Disfruto mucho cuando voy a trabajar a una empresa y veo a las personas felices.
No una, ni dos, TODAS.
Y es una empresa con miles de empleados. (No vi a los mil, pero sí a muchos)
Yo soy un don nadie. Y me hicieron sentir importante:
Billete de avión desde Málaga (con priority para no hacer colas)
Chofer que me recoge en el aeropuerto y me deja en la puerta de la oficina. También me lleva de vuelta. Ángel, super amable.
En realidad, fuimos (María, mi socia, también fue invitada) solo para hacer una demo.
Querían vernos en directo antes de contratarnos para unos cursos que quieren que impartamos.
Así que una master class de pensamiento lateral y una demo de Lego Serious Play.
Llegando al edifico principal pasamos al lado de otro de estructura blanca vista enmarcando enormes ventanales a través de los cuales las mujeres cosen.
¡Qué visión! ¡Qué dignidad! Las trabajadoras más humildes de la empresa con las mismas vistas a los jardines que los despachos de los directivos.
Pero a lo que iba, las personas.
Nos invitaron a comer en uno de los tres comedores que tiene la empresa. Exquisita comida oriental, por cierto.
Comimos con tres personas de Recursos Humanos pero yo solo admiraba el sitio y, sobre todo, las caras de las personas.
Espacios amplios de colores blancos y madera clara.
Un cuidado exquisito en los detalles, desde los topes de las puertas de las cabinas de los inodoros, hasta las grandes cristaleras a través de las cuales los olmos desnudos apuntan al maravilloso gris del cielo gallego.
Las personas llenaban casi todas las mesas, las conversaciones eran susurros y las caras serenas reflejaban bienestar.
Se podía palpar la transmisión en cascada de uno valores sólidos, antiguos, enraizados en los años de trabajo.
Nos dijeron que, a Don Amancio, (acaba de cumplir 90 años) se le ve con frecuencia, saludando a todos, amable, cercano.
Un hombre horizontal.
(escrito por un humano)