Verás. El otro día me serví un té en una taza de esas de barro y al ponerla sobre una mesa de piedra, muy fría, se rajó.
Se hizo una grieta.
La corteza terrestre también tiene grietas. Los que saben de esto las llaman fallas tectónicas.
Yo, de lo que sé es de personas. Y también tenemos grietas.
Grietas de distintos tamaños y profundidades. Grietas que siguen ahí, abiertas, y no nos gusta asomarnos a ellas.
Grietas abiertas desde el colegio donde, a lo mejor, nos hicieron bulling.
Grietas en el corazón producidas por aquella pareja que no sentía lo que nosotros sentíamos.
Grietas en tu autoestima cuando quedaste en evidencia delante de tus compañeros de trabajo.
Grietas.
Ahora te planteo lo siguiente:
¿Y si en vez de ver las grietas como algo doloroso del pasado con lo que culpas a alguien y a lo mejor han provocado un cambio negativo en tu visión de la vida, las vieras de otra manera?
¿Y si fueran las que te ha hecho aprender, las que han forjado el robusto ser que eres ahora, las que te han mostrado la cara oculta de la luna para que veas lo mejor de ti?
¿Y si vieras esas grietas, producidas por los temblores de tu vida, como las ve Leonard Cohen?:
«Hay una grieta, una grieta en todo.
Así es como entra la luz»
(escrito por un humano)