Verás. Mi falsa humildad me dice que no quiero ser recordado.
Mi auténtica vanidad me dice que quiero ser recordado como alguien humanamente grande, personalmente cercano y espiritualmente elevado.
Nada más lejos de la realidad.
No porque estos valores no estén a mi alcance, o al alcance de cualquiera, simplemente el compromiso es demasiado grande.
Hay una responsabilidad implícita ante estos valores que me da miedo.
El ser recordado suena un poco a epitafio. Lo que queda grabado en la tumba recuerda en pocas palabras la vida resumida del yacente.
Algunos son directos y sinceros: “Feo, fuerte y formal” se lee en el de John Wayne.
En la tumba del poeta, que reconocía haber vivido una vida que no puede vivirse y nunca haber sido abandonado por la poesía, reza un epitafio escrito por su hija, tan contundente como su padre:
«Aquí yace el poeta Vicente Huidobro / Abrid la tumba / Al fondo de esta tumba se ve el mar.»
Otro buen ejemplo de lo que la persona piensa de sí mismo puede ser: «Aquí yace Molière el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien.»
Quizá uno de los más famosos, no del todo cierto, pero que resume al personaje es el epitafio de Groucho Marx: «Perdone, señora, que no me levante.»
Recuerdo una tarde, a la sombra de un árbol recio. Estaba recostado sobre su tronco oliendo el verde de sus hojas lacias. Mantengo en mi memoria el frescor agradable de su sombra larga, el murmullo de sus hojas; el tacto suave de su corteza clara. No recuerdo el nombre del árbol, ni quién lo plantó, ni cuándo.
Así quiero ser recordado.
(escrito por un humano)