110 El momento de escribir

Verás. Llega un momento que deberías escribir.

Hay dos dificultades banales y una profunda que en muchos casos lo impide.

Empiezo por supuesto por lo fácil.

Las dificultades banales son: no escribir bien, una, y la otra no saber sobre qué escribir.

La primera es irrelevante, no se trata de intentar ganar el Nobel a los x años. Ésta la resuelves preguntándote para quién vas a escribir. Si es para ti ¿qué importa el estilo?

Lo que importa es lo que vas a contar. Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿sobre qué escribo?

Hay una cosa que conoces y sobre la que puedes escribir. Así como todas las obras de los artistas son en realidad autorretratos, tus escritos serán una proyección de ti mismo.

En un sentido más o menos figurado, real o metafórico, lo cierto es que vas a escribir sobre ti.

Bueno, esto resuelve los dos problemas banales. Ahora el profundo.

Este a su vez lo podemos subdividir en dos: escribir es comprometerte. Lo que queda en el papel permanece en el tiempo, inalterable, negando o afirmando algo de ti mismo, que luego solo podrás rebatir con otro escrito que quizás no llegue a los mismos receptores.

La palabra vuela, se tergiversa, interpreta y olvida.

El escrito permanece, ajeno a ti, mirándote fijamente, lejos ya de tu poder sobre él.

En una conversación alteras una frase para modificar el sentido de la anterior, tu interlocutor y tú vais moldeando sin excesiva precisión algo que siempre tendrá los bordes borrosos.

Quedará más o menos bocetado en ambas cabezas de forma un poco distinta.

Cuando alguien lee tu escrito, no estás ahí para dulcificar, aclarar o desmentir nada.

Solo eres en tanto que lo escrito te reflejó cuando lo escribiste. Pero la persona no tiene tus gestos delante, ni tus aleteos de manos, ni tus ojos; quizás ni te conozca y no tengas ni cara.
Solo eres lo que unas cuantas líneas dicen y dirán siempre.

La segunda parte de esta dificultad profunda es que el escribir te obliga a la revisión de la vida, lo cual es fácil si has tenido una vida dichosa, espiritualmente elevada y llena de grandes satisfacciones personales.

Como ese no suele ser el caso, esta revisión pasa por momentos de los que uno no esta tan orgulloso y se posa en heridas sin cerrar y cicatrices olvidadas.

¿Por qué hacerlo entonces?

Precisamente por eso porque esas heridas cerradas solo en superficie pueden esconder una infección que nos cueste el brazo, la pierna o la propia vida.

Además, es lo único que tenemos, lo único interesante donde escarbar, interpretar y aprender.

Solo estudiándola con detalle comprenderemos quienes somos y para qué estamos aquí.

(escrito por un humano)

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Autor: Jon Elejabeitia

Cofundador NNexa. Arquitecto

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