Verás. Tenemos las personas una enorme capacidad de reconstruir cosas.
Se nos rompe una taza y con Super-glue, y un poco de habilidad ni se nota la grieta. Sabemos devolver a ese recuerdo familiar su forma original.
Hacemos lo mismo con grandes cosas, casas, edificios y barrios enteros.
Somos capaces de buscar esa pintura de Canaleto que nos ayuda a reconstruir una gárgola de tal modo que, si no nos lo cuentan, nunca podríamos saber si es antigua o nueva.
Por ejemplo, Varsovia. Su triste historia les ha convertido en los mejores restauradores de Europa.
Desde las particiones del siglo XVIII, hasta las dos grandes guerras, los polacos han sido diezmados y arrasadas sus ciudades.
Varsovia es un gran ejemplo de la reconstrucción de las piedras…
Sin embargo, no todo es tan fácil. La reconstrucción de un alma es mucho más complicada.
A lo mejor ya has hecho el famoso ejercicio de arrugar una hoja de papel para luego estirarla con la pretensión de que quede igual a como estaba antes de tu intervención.
Imposible. Las marcas de las arrugas permanecen y permanecerán en el tiempo.
Como dice Al Pacino en la película Esencia de mujer, no hay prótesis para una alma destrozada.
Y es tan fácil desagarrarla.
Casi sin darnos cuenta, una ligera palabra, incluso una mirada, y el fino cristal se quiebra.
Sentimos su dureza cuando nos pasa a nosotros y, sin embargo, lo hacemos con relativa frecuencia.
No pensamos en el dolor que causamos tanto como en el que nos causan, y… ¿no es el mismo dolor?
O es que pensamos que nosotros somos más sensibles.
A lo mejor, tristemente, pensamos que esa dureza forja el carácter; o que como a mí me lo han hecho, yo lo hago…
Esas indelebles marcas nos hablan de los dobleces y las arrugas que va dejando la vida.
Los edificios se reconstruyen, sin embargo, las almas acarrean su dolor para siempre.
(escrito por un humano)