Verás. Me miro al espejo cada mañana. Todas las mañanas.
Estoy seguro de que tú también. Aunque sea para afeitarte o pintarte el ojo.
Esta mañana ha sido diferente.
La cara es la misma, pero algo ha cambiado.
Y he visto al niño de 10 años, sensible, profundo, tímido, con miedo a expresar quién es, creativo, curioso…
Y he visto al hombre de 64 años, sensible, profundo, tímido, con miedo a expresar quién es, creativo, curioso…
Y me he dado cuenta de que esta es la realidad que quien soy. Entre estos dos momentos han pasado muchas cosas:
Picos de felicidad y valles de lágrimas, océanos de tristeza y mares de alegrías, amor y miedo…
Sin embargo, todo eso no ha alterado al niño.
Éste ha crecido, se ha transformado, ha cambiado… pero hay algo inalterable en él, que permanece.
Permanece a pesar de, y gracias a.
Pero permanece.
Y ahí está el misterio de qué es aquello que te conforma, aquello que sigue ahí, aquello que puedes llamar tu auténtica naturaleza.
Permanece en ti después de toda una vida de continuos cambios.
Y el trabajo ahora consiste en analizar el espacio entre estos dos momentos, que ha sido rellenado, por la imagen que queríamos dar, o por la aceptación que necesitábamos, o por las expectativas de nuestros seres queridos…
Pero quizá no ha sabido reflejar quiénes somos.
Así que, de los dos caballos alados que tiran del carro de la vida, solo uno de ellos es real. El que, según Platón, es bueno, virtuoso y noble.
Es ése que mira al niño y permanece en el adulto; a pesar de la vida.
(escrito por un humano)