Verás. Estoy en Madrid y veo vida.
Vivo en Málaga en una zona rural de las afueras, en la montaña, y veo vida.
Allí oigo cantar al mirlo por la mañana, veo los almendros en flor y el prado está verde, salpicado de blancas margaritas y flores silvestres.
Incluso a lo lejos oigo el balido de alguna oveja.
En Madrid también hay vida, pero es distinta.
Normalmente describimos las grandes ciudades por su asfalto, sus atascos y sus enormes edificios.
Sin embargo, me llaman mucho la atención las personas. Las vidas de las personas que se pueden leer en sus caras y en sus cuerpos.
La anciana que va camino del mercado, en su mano derecha el carrito y en la izquierda su soledad.
La adolescente que descubre su ombligo, a pesar del invierno, para cubrir su timidez.
El cuerpo trajeado del ejecutivo cuya cabeza no camina con él.
El niño que corretea inconsciente por la acera.
Vida.
Eso es lo que me gusta de Madrid. El contacto con las personas que pierdo un poco en el campo.
Es otra vida, otras sensaciones.
Suena raro, pero es agradable sentirse humano.
Sentir la poca importancia que damos a cosas importantes y lo mucho que nos preocupa lo que no lo es.
Y todo queda marcado en nuestra cara, en la forma que tenemos de caminar, en lo que nos cuesta arrastrar un cuerpo con el que, a lo mejor, no estamos muy contentos.
Vida, solo vida.
(escrito por un humano)