Verás. Mi padre es de Bilbao.
Sí, sí, del mismo Bilbao.
Estudió en los Jesuitas y se hizo ingeniero industrial. Más vasco no puede ser. Sí, 10 apellidos tenía el hombre.
El caso es que para él la comunicación era muy importante.
Te cuento.
Cuando yo era pequeño, comíamos los fines de semana toda la familia junta (tengo 4 hermanos) en el comedor.
Cuando empezábamos a hablar de cualquier tema trivial, mi padre cortaba las palabras de raíz: “Esas son conversaciones de peluquero” sentenciaba.
(Todo mi respeto a la profesión, pero mi padre seguía el cliché de que en las peluquerías se leen revistas de cotilleo y se hablan naderías)
Total, que, en la mesa, además de cortar un trozo de filete, cortabas en muchos casos el silencio.
La otra regla de la comunicación que tenía era que los sentimientos se los guarda uno par sí mismo. No son para ir contándolos a los cuatro vientos.
Y por eso no le gustaba Andalucía (compró una casita en la playa de Huelva donde pasé todos los veranos de mi infancia) ni los andaluces (mi madre es de Cádiz).
Contradicciones que tenía el hombre, pero esa es otra historia.
Estábamos con la comunicación.
Con lo que yo me he quedado es que comunicar es transmitir con un propósito. Y ese propósito nunca es llenar el silencio.
Ese propósito es movilizar, influir, argumentar, informar a otro u otros seres humanos, esperando una retroalimentación de su parte.
Vaaaale, también está lo de decirle a la pareja que la amas, que no quiero yo también ser como el de la película.
Todo lo que no sea eso, es parloteo, y eso no es comunicar.
Lo que hace cierto un proverbio que rueda por ahí: “Cuando hables, procura que tus palabras sean mejor que tu silencio”
Aplicable para entradas de redes, blogs, memes…
(escrito por un humano)