Verás. Cuando vivía en el centro de Madrid, guardaba mi coche en un garaje.
Accedía por una rampa recta y al final giraba a la derecha, justo al lado de la cabina donde estaba el vigilante.
Él siempre estaba allí. Día o noche. Festivo o no. Es más, nunca le vi salir del pequeño habitáculo.
Nos saludábamos cordialmente. Yo saludaba a Félix con una sonrisa mientras él me miraba a través de la ventana de cristal.
Me dio que pensar ese hombre.
Allí pasaba, por lo menos, un tercio de su vida.
Al alcance de su mano tiene tres ventanas, aproximadamente del mismo tamaño y aspecto, formando el universo a través del cual conforma los parámetros de su realidad.
La primera de estas ventanas es por donde vamos desfilando los propietarios de los coches, ofreciendo un abanico bastante reducido de corteses saludos, intercambios monetarios e información meteorológica, acompañado de infructuosas búsquedas de tiques por los bolsillos.
Aportamos bien poco de una realidad lejana.
Un viejo televisor es la segunda ventana. Por ella desfilan en ininterrumpida cadencia cuerpos desmembrados de niños, hermosas mujeres, fútbol, distantes noticias y cercanas guerras.
Es el anestésico perfecto que ayuda a sentir aún más lo irreal de la primera ventana. Es la que se encarga de transformar en opaca su mirada y repetir hoy su gesto de ayer, que será también el de mañana.
La tercera ventana es sin duda la más compleja.
Desde su puerta de cristal oscuro, el microondas le devuelve su rostro. Es en esta ventana donde pasa más tiempo.
Es en ella donde sus pensamientos vuelan, donde puede mover todas las invisibles piezas de ajedrez.
Aunque siempre están las tres abiertas, es la única que le proyecta fuera, la única que todos los días es diferente, que le ayuda a romper el espacio y le hace viajar en el tiempo.
Yo también veo el mundo a través de ventanas. Puede que sean más amplias que las de Félix, pero ventanas, al fin y al cabo.
Debo ser cuidadoso y saber a cuál de ellas le estoy otorgando demasiado poder.
(escrito por un humano)