Verás. Hoy es el cumpleaños de mi hija Blanca.
Cumple esa edad que termina en un número redondo y el primer dígito se dice con la boca pequeña.
El caso es que tengo un dilema con esto de los regalos de cumpleaños. No sé si darle uno, o no.
Para mí, cumplir años no tiene ningún mérito. Te sientas en una silla, dejas pasar la vida, y los años van cayendo uno tras otro, quieras o no quieras. No hay nada que hacer (bueno, sobrevivir)
Entonces, ¿a qué viene eso de regalar?
Ese es mi dilema: Si no regalo nada uuuhhhh, mal padre, presión familiar, sentimiento de culpa. Mal rollo.
Si regalo algo, voy contra lo que pienso de los cumpleaños.
Podría regalar cualquier basurilla para quedar bien. Eso sería lo peor para ella, para la familia y para mí.
Entonces pienso en Blanca. Pienso en cuando era una adolescente y yo estaba muy preocupado por su futuro, por si sería buena persona, por qué estudiaría, qué le depararía el futuro próximo… es decir, cosas de padre inseguro.
Una amiga me dio un gran consejo, que como los buenos consejos vienen arropados entre signos de interrogación:
«¿No encontraste tú tu camino? ¿Qué te hace pensar que ella no lo va a encontrar?»
Lo encontró.
Blanca es inteligente, buena persona, la acaban de ascender a jefa de su Departamento en una empresa importante, tiene una vida social plena llena de amigos que la adoran, cuida de su madre, es independiente económica y emocionalmente, mira a los ojos cuando habla y mueve su melena negra con seguridad.
Soy un padre orgulloso. Muy orgulloso de cómo es, de cómo maneja su vida y de lo que va consiguiendo. Y lo ha hecho ella sola, a pulso.
Eso sí se merece un regalo.
De los pañales, a una falda plisada gris, a una cazadora corta para enseñar el ombligo, a un traje de chaqueta… todo eso en lo que abres y cierras los ojos.
Feliz cumpleaños, Blanca, te quiero.
(escrito por un humano)