Verás.
Esta mañana me he puesto una camiseta con el dibujo de la cara de Fernando Pessoa, con sus gafas redondas y su sombrero, que compré hace dos veranos en Portugal.
El laureado poeta escribió:
«El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino. En la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables»
Intensidad ¡Qué palabra!
De alguna manera intensidad es darlo todo, vivir el momento, entregarte al aquí y el ahora sin límite, sin tiempo, sin medir el esfuerzo.
Miro hacia atrás y, de las personas que he conocido en mi vida, las que más he admirado han sido las intensas: Joaquina Fernández, Andrés Perea…
Personas que lo han dado todo, cada uno en su nicho y cada uno a su manera. Pero tienen en común eso, la intensidad.
El primer día que conocía Joaquina estuve esperando 3 horas en su sala de espera para ser atendido. Era domingo y veía aparecer su cara sonriente cada cierto tiempo para que pasara a consulta el siguiente.
Fue una espera maravillosa y quedé hipnotizado por su mirada, profunda, vivaz, y sobre todo… intensa. El retraso no tenía nada que ver con una mala gestión de la agenda sino con la intensidad con la que vivía a cada persona, cada momento, cada situación, y eso hacía que el tiempo no existiera no para ella ni para nadie.
El día que conocía a Andrés también fue intenso. Yo acababa de terminar la carrera y bajaba los escalones que conducían a su estudio en mi primer día de trabajo. Mientras yo las bajaba, una chica de más o menos de mi edad las subía llorando.
En el estudio me encontré a Andrés vociferando:
«¡Joder!¡ Es que no se les puede decir nada! ¡Se ponen a llorar enseguida!»
No sé si la chica tenía o no motivos para llorar. Tampoco sé a quién se refería Andrés con el “les”.
Lo que sí sé es que ese fue el primer día al lado de este gran y temperamental maestro que vivía con intensidad increíble cada momento, cada proyecto, cada línea en el papel.
Me llevé muchos gritos y muchas alegrías.
Echo de menos a los dos y si bien no he sabido llegar a sus niveles de intensidad los recuerdo con infinito amor.
Estoy seguro de que, allá donde estén, nadie se aburrirá a su alrededor.
Mi intensidad se diluye en el tiempo y aunque mi corazón lo agradezca, estoy seguro de no llegar a ser una persona incomparable, como lo eran ellos.
Personas únicas con una visión clara de la vida. Una vida que exprimían hasta la última gota. Una vida apasionada, cada uno con su tema, y ambos imprimiéndoles la intensidad del momento.
Ellos no veían el partido de fútbol desde el banquillo. Ellos ocupaban su puesto en el césped, dándolo todo, incansables y motivados por el bien del equipo, corriendo cada minuto, riendo y llorando con cada jugada.
A lo mejor no querían estar en ese equipo, o en ese partido, pero ya que estaban, lo daban todo.
Incomparables.