116 Página en blanco

4:18 AM. Página en blanco.

Miro la pantalla, miro la hoja en blanco del procesador de textos, miro mis manos sobre el teclado y nada.

Miro al techo, no sin un cierto reproche hacia los dioses, y nada.

Porque yo soy de pensamiento romano sobre el acto creativo.

Verás, en la antigua Roma se creía que solo los dioses tenían la capacidad creativa.

Los humanos eran tan importantes como los pinceles: sirven para pintar, pero no crean.

El arte solo existía porque los dioses, a través de las musas, comunicaban sus pensamientos a los humanos.

El hombre solo tenía que poseer un poco de destreza y sentarse a esperar la inspiración divina.

Pues así estoy yo, en ese momento expectante.

Y pienso que no es que los dioses no me hayan enviado las esperadas palabras, sino que no las he escuchado.

Ayer tuve un día importante de toma de decisiones que van a cambiar mi vida en el corto plazo y seguro que las palabras divinas rebotaron contra mi cerebro sin que me percatase de ello.

Es como intentar llenar un vaso de agua que ya está lleno.

Así que mi castigo ha sido desvelarme con la intranquilidad del que no va a cumplir su compromiso diario y teclear a oscuras esto que estás leyendo.

Y, medio dormido aprendo un par de lecciones:

Para que lleguen cosas en la vida debes crear un espacio adecuado para ello.

Para que llegue la salud debes valorar tu cuerpo.

Para que llegue la pareja deseada debes barrer de odios el corazón.

Para que llegue el trabajo que necesitas debes llenar el cerebro de entrega y compromiso.

Para conseguir la paz interior, debes llenar el alma de perdón.

Y confiar. Confiar en los dioses.

Y la página de la vida, igual que esta hoja de texto, se llenará.

(escrito por un humano)

115 La nueva mesa

Verás. A veces, sobre la mesa, nos encontramos solo dos opciones.

Y, a lo mejor, no nos gusta ninguna de las dos porque ambas son limitantes.

Y cogemos, normalmente condicionados por la sociedad, familia, amigos, pareja… la menor de las dos limitaciones-

Siempre hay algunos pocos que intentarán encontrar una tercera opción.

Si lo haces, si optas por esta tercera salida, sabes que eso conlleva un riesgo. Puede que lo consigas, o puede que no.

El caso es que, incluso con esta opción, sigues sentado en esa misma mesa.

Hay un pequeño grupo, pequeñísimo, que construirán una mesa nueva.

Son los que se niegan a confundir los límites de lo permisible con el horizonte de lo posible.

Con esa nueva mesa llenan la pizarra en blanco con unas opciones que otros ni se han atrevido a imaginar.

Estos son los visionarios, los únicos que tienen alguna posibilidad de cambiar el mundo.

También, como todo, funciona hacia dentro.

De tus decisiones personales habrá alguna que rompa con el statu quo, te haga cambiar como persona, y te catapulte a un nuevo juego, totalmente diferente.

Es la forma más valiente de crear.

Has creado el ser que eres, y lo puedes rehacer.

Solo tienes que construir una nueva mesa.

(escrito por un humano)

114 Certezas

Verás. Creo que hay algo que nos hace mucho daño: las certezas.

Nos hacen daño a nosotros y también provocamos daño a otros.

La certeza implica la ausencia de dudas y una firme creencia en que lo que afirmas es cierto.

Es una convicción interna, un estado mental, de estar completamente seguro de algo.

Nos contamos historias sobre el mundo, sobre las personas, sobre nuestros padres, sobre nuestras parejas…

Y sacamos conclusiones preconcebidas. Y con ellas cerramos la fuente de posibilidades que albergan en su interior.

Es cierto que navegamos por una realidad vasta y compleja.

Por eso nos asimos con fuerza a las certezas, sin darnos cuenta de que mucho de esa realidad permanece eternamente fuera de nuestro control.

Sin embargo, seguimos queriendo analizar el mundo, comprender a nuestros padres, entender a nuestra pareja…

Y ese esfuerzo nos separa de toda su belleza y nos tensa contra el amor a la vida, a los padres, a las parejas…

Muchas veces tenemos un hambre de certidumbre que debemos aprender a negociar.

No podemos agarrar un puñado de agua, ni podemos atisbar fragmentos del futuro que nos aseguren el presente.

Simplemente…

Estoy aquí, soy yo; tengo una madre, un padre, que me han enseñado; tengo o he tenido parejas de las que he aprendido y aprendo…

Y, así, con estos pensamientos se crea el mundo.

(escrito por un humano)

113 Grietas

Verás. El otro día me serví un té en una taza de esas de barro y al ponerla sobre una mesa de piedra, muy fría, se rajó.

Se hizo una grieta.

La corteza terrestre también tiene grietas. Los que saben de esto las llaman fallas tectónicas.

Yo, de lo que sé es de personas. Y también tenemos grietas.

Grietas de distintos tamaños y profundidades. Grietas que siguen ahí, abiertas, y no nos gusta asomarnos a ellas.

Grietas abiertas desde el colegio donde, a lo mejor, nos hicieron bulling.

Grietas en el corazón producidas por aquella pareja que no sentía lo que nosotros sentíamos.

Grietas en tu autoestima cuando quedaste en evidencia delante de tus compañeros de trabajo.

Grietas.

Ahora te planteo lo siguiente:

¿Y si en vez de ver las grietas como algo doloroso del pasado con lo que culpas a alguien y a lo mejor han provocado un cambio negativo en tu visión de la vida, las vieras de otra manera?

¿Y si fueran las que te ha hecho aprender, las que han forjado el robusto ser que eres ahora, las que te han mostrado la cara oculta de la luna para que veas lo mejor de ti?

¿Y si vieras esas grietas, producidas por los temblores de tu vida, como las ve Leonard Cohen?:

«Hay una grieta, una grieta en todo.

Así es como entra la luz»

(escrito por un humano)

112 Las coincidencias

Sí, ya sé que lo sabes, que lo intuyes, que lo has oído mil veces, pero ahí va:

Las coincidencias no existen.

Lo que existe es la pereza para averiguar por qué nos ha ocurrido algo concreto en un momento determinado y con una fuerza definida.

Verás. Cuando hace ahora siete años tuve que reinventarme ocurrieron muchas «coincidencias»

Había vendido mi casa y no tenía donde vivir.

Había desaparecido la empresa donde trabajaba.

Además, me asolaba una pérdida importante.

Pero empezaron a ocurrir cosas. Solo hice una visita y encontré un maravilloso piso de alquiler.

Apareció un luminoso y asequible local que se convirtió en el buque insignia de la empresa que creé para seguir con el legado que había recibido.

Creé una marca desde cero, (gracias, Alicia, Maite…) Nextyou.

Antiguos colaboradores se brindaron a trabajar, gratis si era necesario (gracias, Mónica, Cristina, Susanne…)

En un mes de increíbles carambolas todo estaba hecho y funcionando (gracias antiguos alumnos, la lista es enorme para reproducirla aquí)

Conocí a una maravillosa mujer que aplicó paños cálidos a mis cicatrices. Gracias Mariola.

No fue coincidencia, fue estar alineado con un propósito, claro, limpio, bueno para muchos y para mí. Foco.

Ahora estoy en una situación semejante.

Vuelvo a Madrid y busco un piso para comprar (esto podría ser el título de la próxima película de Tom Cruise)

Pues justo ayer visité uno. El primero de una lista. Y sentí que era mi próxima vivienda.

Respiré su paz y me envolvió su energía.

Es mi piso. ¿Coincidencia?

No, es volver a estar alineado con mi propósito.

Y así me reencontré con María y asociamos nuestras fuerzas, y nos está saliendo muchísimo trabajo, y estamos haciendo grandes propuestas para transformar a grandes personas.

(escrito por un humano)

111 Ser recordado

Verás. Mi falsa humildad me dice que no quiero ser recordado.

Mi auténtica vanidad me dice que quiero ser recordado como alguien humanamente grande, personalmente cercano y espiritualmente elevado.

Nada más lejos de la realidad.

No porque estos valores no estén a mi alcance, o al alcance de cualquiera, simplemente el compromiso es demasiado grande.

Hay una responsabilidad implícita ante estos valores que me da miedo.

El ser recordado suena un poco a epitafio. Lo que queda grabado en la tumba recuerda en pocas palabras la vida resumida del yacente.

Algunos son directos y sinceros: “Feo, fuerte y formal” se lee en el de John Wayne.

En la tumba del poeta, que reconocía haber vivido una vida que no puede vivirse y nunca haber sido abandonado por la poesía, reza un epitafio escrito por su hija, tan contundente como su padre:

«Aquí yace el poeta Vicente Huidobro / Abrid la tumba / Al fondo de esta tumba se ve el mar.» 

Otro buen ejemplo de lo que la persona piensa de sí mismo puede ser: «Aquí yace Molière el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien.»

Quizá uno de los más famosos, no del todo cierto, pero que resume al personaje es el epitafio de Groucho Marx: «Perdone, señora, que no me levante.»

Recuerdo una tarde, a la sombra de un árbol recio. Estaba recostado sobre su tronco oliendo el verde de sus hojas lacias. Mantengo en mi memoria  el frescor  agradable de su sombra larga,  el murmullo de sus hojas; el tacto suave de su corteza clara. No recuerdo el nombre del árbol, ni quién lo plantó, ni cuándo.

Así quiero ser recordado.

(escrito por un humano)

110 El momento de escribir

Verás. Llega un momento que deberías escribir.

Hay dos dificultades banales y una profunda que en muchos casos lo impide.

Empiezo por supuesto por lo fácil.

Las dificultades banales son: no escribir bien, una, y la otra no saber sobre qué escribir.

La primera es irrelevante, no se trata de intentar ganar el Nobel a los x años. Ésta la resuelves preguntándote para quién vas a escribir. Si es para ti ¿qué importa el estilo?

Lo que importa es lo que vas a contar. Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿sobre qué escribo?

Hay una cosa que conoces y sobre la que puedes escribir. Así como todas las obras de los artistas son en realidad autorretratos, tus escritos serán una proyección de ti mismo.

En un sentido más o menos figurado, real o metafórico, lo cierto es que vas a escribir sobre ti.

Bueno, esto resuelve los dos problemas banales. Ahora el profundo.

Este a su vez lo podemos subdividir en dos: escribir es comprometerte. Lo que queda en el papel permanece en el tiempo, inalterable, negando o afirmando algo de ti mismo, que luego solo podrás rebatir con otro escrito que quizás no llegue a los mismos receptores.

La palabra vuela, se tergiversa, interpreta y olvida.

El escrito permanece, ajeno a ti, mirándote fijamente, lejos ya de tu poder sobre él.

En una conversación alteras una frase para modificar el sentido de la anterior, tu interlocutor y tú vais moldeando sin excesiva precisión algo que siempre tendrá los bordes borrosos.

Quedará más o menos bocetado en ambas cabezas de forma un poco distinta.

Cuando alguien lee tu escrito, no estás ahí para dulcificar, aclarar o desmentir nada.

Solo eres en tanto que lo escrito te reflejó cuando lo escribiste. Pero la persona no tiene tus gestos delante, ni tus aleteos de manos, ni tus ojos; quizás ni te conozca y no tengas ni cara.
Solo eres lo que unas cuantas líneas dicen y dirán siempre.

La segunda parte de esta dificultad profunda es que el escribir te obliga a la revisión de la vida, lo cual es fácil si has tenido una vida dichosa, espiritualmente elevada y llena de grandes satisfacciones personales.

Como ese no suele ser el caso, esta revisión pasa por momentos de los que uno no esta tan orgulloso y se posa en heridas sin cerrar y cicatrices olvidadas.

¿Por qué hacerlo entonces?

Precisamente por eso porque esas heridas cerradas solo en superficie pueden esconder una infección que nos cueste el brazo, la pierna o la propia vida.

Además, es lo único que tenemos, lo único interesante donde escarbar, interpretar y aprender.

Solo estudiándola con detalle comprenderemos quienes somos y para qué estamos aquí.

(escrito por un humano)

109 Mi amigo X

Verás. Hace uno días fue el día de la mujer. Quiero rendir homenaje a la que ha sido mi referente y maestra durante muchos años.

Encontré este escrito suyo de hace 10 años:

“Mi amigo X duerme en la calle. Tiene por sábanas el techo raso y por paredes unos cartones que recoge de la basura cada noche. Por la mañana, con los primeros albores, mi amigo se levanta y recoge los cartones con un orden casi obsesivo. No deja rastro de su presencia. Su vivienda se queda muda a la espera de su vuelta cuando la noche está cerrada y nadie le ve.

Paso a su lado cada día. Vislumbro la piel de su espalda sin protección, las manos debajo de su cara, los ojos cerrados, sus zapatos en un rincón y sus pies descalzos …El termómetro de la calle marca dos grados. Me arrebujo en mi abrigo y tiemblo un poco. Una vez más siento esa dentellada en mi estómago. Es un sensación entre impotencia y rebeldía. Le miro y no hago nada.

Sí, en la mente le cuido, le arropo, le protejo, sin embargo, la realidad es que cada noche él se acuesta y el techo raso le protege, el frio rompe sus carnes y una vez más sus pies, un poco morados, sobresalen entre los cartones, pero, todo sigue igual.

Me llamo cobarde una y otra vez. Pienso en comprarle un saco de dormir, en taparle con alguna manta…A veces pienso en darle dinero para que vaya a un albergue. A veces pienso… y con ello parece que tranquilizo mi alma. Mi cobardía queda subyugada entre tanto pensar y tan poco hacer.

Al fin, le pido a un amigo unos jerséis de invierno. Con la bolsa en mi mano, y el corazón acelerado me acerco, y cuando voy a dejar las prendas en el suelo mi amigo X se levanta, quiero decirle que le traigo algo para que se arrope…  y en su lugar me sale un balbuceo que se interrumpe por su voz profunda:

– ¡No quiero nada!

Salgo despavorida y me apoyo en una pared próxima. Mi amigo X y yo habíamos roto la relación de muchas albas en las que él dormía y yo pensaba.

Mi amigo X no quería nada y lo decía con rabia, con contundencia. Y durante un instante cometí el error de sentirme despreciada. Durante unos breves momentos él estaba equivocado y yo no.

Mi amigo X trajo a mi vida los cientos de momentos en los que retiré una mano que me ayudaba, los miles de instantes en los que zaherí a los que me buscaron, a los que me quisieron. Mi amigo X rompió la barrera de los años para dar un sentido peculiar a su desdén.

Una vez más en la mañana mi amigo X duerme tranquilo mientras que yo recuerdo cada una de las personas que quisieron poner calor en mi vida y yo simplemente les dije:

¡No quiero nada!”

Gracias, Joaquina.

(escrito por una mujer maravillosa)

108 Pausa

Verás. El mando de la televisión es el nuevo cetro.

Tienes el control. El director de la película, el guionista, hasta los actores pasan a un segundo plano, eres tú quien decide darles, o no, vida.

El mando se mueve en tu mano lleno de botones, flechas, colores de distintas formas y tamaños.

Entre todos y sin llamar la atención se encuentra el más poderoso de ellos.

Dos rayitas paralelas verticales, como un signo de igual mirando hacia arriba.

Parece inocente y pocas veces nos llama la atención.

Púlsalo.

La magia ocurre, todo se detiene, el tiempo que hasta entonces pertenecía a la película, ahora es tuyo.

Puedes hacer lo que quiers: ir a la nevera a coger una cervecita, asomarnos un rato al balcón, interrumpir una escena o conectar un rato la televisión para que nos cuente el resultado del derbi…

Lo que quieras. Es tu tiempo.

Ese botón de pausa abre un paréntesis en el discurso lineal de la película cuyo contenido va a enriquecer nuestra experiencia de la segunda mitad, cuando pulsemos el “play” y los actores se pongan de nuevo en movimiento.

Hace tiempo, me levantaba cada mañana a una misma hora.

La mecánica de haber realizado las mismas acciones durante años me conducía a la ducha, a la tostada con café con leche, quizá a escuchar un poco la radio o ver las noticias en la televisión. 

Sin embargo, llegó un día en el que había algo distinto en el aire y una sonrisa se dibujó en mi rostro:

El guion de mi vida sufrió un cambio.

No tenía que planchar la corbata, ni lustrar los zapatos de cordones…

Pienso en los compañeros a los que no veré y acomodándome un poco más en la butaca del salón me siento rico, rico de tiempo, poseedor de la fortuna inestimable de disponer del día para mí, para mi familia, para mis amigos, para pasear con mi perra por el parque.

Me gusta esta libertad, y me gusta porque me da un sentido de pertenencia.

El botón de pausa no quiere decir que ha terminado la película, significa que siguiendo unido a la historia, dispongo de una parcela de tiempo para descansar, ordenar mis ideas, prepararme y formarme para un futuro próximo.

Este tiempo me brinda la oportunidad de acercarme a mis compañeros y compartir con ellos mis aficiones e inquietudes.

Me ofrece sobre todo la oportunidad de comprender que la corbata y los zapatos de cordones están dentro de mí y continuarán conmigo como un fiel compañero.

(escrito por un humano)

107 El andrógino

Verás. Platón, por boca de Aristófanes, nos cuenta en El banquete una maravillosa historia.

Seguro que la conoces, pero me apetece refrescarla.

La historia representa una explicación sobre la naturaleza original del ser humano que, según el filósofo, era muy diferente de lo que conocemos hoy.

Según el mito, los seres humanos originalmente no teníamos la forma que tenemos ahora.

Existíamos como seres esféricos, con dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas, y dos órganos sexuales.

Hoy lo llamaríamos todo en uno.

Estos seres eran muy poderosos. El problema era que también eran muy arrogantes (eso parece no haber cambiado mucho hasta nuestros días) y desafiaban a los dioses.

Así que Zeus, un poco harto, decidió castigarlos.

Ni corto ni perezoso los partió por la mitad. Esta división dio lugar a los humanos como los conocemos ahora.

Como sabes, El banquete va del amor y Aristófanes aprovecha esta historia para explicar el anhelo que tenemos los humanos para encontrar nuestra otra mitad, nuestra pareja complementaria.

Yo, lo que pienso es que, en realidad, esa separación es la que hace que celebremos el día de la mujer, el día del hombre, el día del niño, el día del anciano…

Cuando nos encontramos con alguien lo primero que nos separa es el cuerpo. Vemos enfrente una mujer, o un hombre.

Los diferentes cuerpos nos hacen creer que somos seres diferentes, y se nos olvidan nuestros orígenes.

¿Y si no viéramos esa separación?

¿Y si viéramos un ser humano?

¿Y si miráramos el interior y no el exterior?

Quizá podríamos hallar ahí la belleza que toda persona lleva dentro, independientemente de su género.

(escrito por un humano)