136 La motivación

Verás. Ayer vi por enésima vez la película El indomable Will Hunting.

Película extraordinaria, con un inmenso Robin Williams, sobre el desperdicio del talento.

Y, a eso voy.

Por un lado, estamos los que conocemos nuestro talento y lo dejamos oxidar. No le sacamos el partido que tiene y pasamos por la vida enredando aquí y allá.

Pero hay otros.

Aquellos que pasan la vida sin saber cuál es o cuales son realmente sus talentos, o si realmente tienen alguno.

La vida les pasa por encima y simplemente la viven, sin disfrutar de lo que hacen, esperando que llegue el fin de semana.

Sin embargo, hay otro grupo.

Son las personas que realmente amamos lo que hacemos, y no podemos imaginarnos a nosotros mismos haciendo otra cosa distinta.

Para pertenecer a este selecto grupo solo hay que hacer una cosa.

Poner la importancia no en lo que hacemos, sino en quienes somos.

No podemos abandonar lo que hacemos porque ello habla de nuestro ser más auténtico.

Y me pregunto ¿por qué somos minoría?

Y la siguiente ¿cómo puede crecer este grupo?

La motivación.

Esa es la catapulta capaz, no solo de lanzarte de un escenario al otro sino que además, en el proceso, encontrarás tu/s talento/s.

Y el camino hacia la felicidad se habrá allanado considerablemente.

Veo tres factores que motivan a una persona:

Autonomía: el deseo que tenemos de dirigirnos a nosotros mismos.

Maestría: nos gusta perfeccionar aquello que hacemos, no porque nos paguen por ello, sino porque es divertido, nos satisface ir siendo mejores en el desempeño, es un reto de mejora que nos gusta conseguir.

Trascendencia: esa necesidad de tener un motivo trascendente para ilusionarnos con lo que hacemos.

Que lo que hacemos tenga un valor que va más allá de nosotros mismos.

(escrito por un humano)

135 Las diferencias de lo mismo

Verás. Estoy haciendo una formación y los participantes están liados con un ejercicio.

A través de la ventana veo una pared de ladrillo rojo.

Es un ladrillo liso, de los de toda la vida, y la llaga de cemento gris entre ellos es de 1 centímetro.

El muro separa dos partes de un jardín y debido a su orientación, y las lluvias de estos días, tiene un aspecto magnífico.

Los ladrillos que nacieron iguales, uniformes de color, e idénticos de forma, han cogido cada uno su propia personalidad.

Algunos muestran un aspecto antiguo, arropados por el terciopelo del musgo verde que los arropa.

Otros oscilan entre el ocre claro y el naranja gastado, pues reciben con distinta intensidad los rayos del sol.

Algunos, a la sombra, permanecen exactamente igual que el día en el que fueron colocados.

El cemento, antaño gris, es ahora en parte negro, en parte verde, en parte blanquecino, y enmarca los ladrillos con curiosos patrones.

Para la formación que estoy haciendo utilizo piezas de Lego.

Y sus ladrillitos de colores son la metáfora perfecta.

Cada pieza es la unidad mínima que, unida a otras, te permite construir lo que tu imaginación quiera: un proyecto, una empresa, una casa, una familia…

Y mi mirada pasa de los ladrillos de colores a los ladrillos de la pared.

Va y vuelve varias veces.

Y pienso en que tú y yo, y todos, nacemos iguales en esencia. En ese momento de la vida somos lo mismo: un espíritu que ha encarnado en un cuerpo para la experiencia de la vida.

Esa vida que nos va torneando, coloreando y dando forma de alguna manera, a través de las experiencias, los entornos en los que hemos nacido, las personas que se cruzan en nuestro camino, los maestros y los alumnos que conocemos, la conciencia que tomamos de la propia vida…

Y puede que se nos olvide ese estado original donde éramos ladrillos, de un mismo color y de idéntica forma.  

(escrito por un humano)

134 Oportunidades

Verás. La vida está llena de oportunidades.

Vale, puede que estés pasando por un momento en el que no las ves.

Pero están. Créeme.

No me refiero a oportunidades laborales. Me refiero a todo tipo de oportunidades.

Proyectos, trabajos, viajes, aprendizajes, opciones de vida…

Creo que es lo que hace que la vida sea tan interesante: Las innumerables bifurcaciones que se nos presentan a lo largo ella.

Revisa hacia atrás, revisa las decisiones que has tomado ante las opciones que se te han presentado.

Mira ahora el presente. ¿Seguro que no ves ninguna oportunidad?

Sal de casa, conoce personas, escucha la vida…

Es en el contacto con otros donde, yo creo, que se abren más puertas, donde crecen las ilusiones compartidas y donde sumas motivación.

Decía Bill Gates que, si perdiera todo su dinero y le quedaran solo 500 dólares, lo que haría sería comprarse un buen traje y colarse en las fiestas.

¿Por qué?

Pues no para tomar canapés gratis (puede que también) sino para escuchar, compartir, aprender, conocer y participar, del lado más social que tenemos los humanos.

Pero hay una condición.

Y puede que sea por eso por lo que no ves oportunidades, aunque pasen delante de ti.

La condición se llama: querer aceptar el compromiso; la responsabilidad que implica aprovechar una oportunidad.

Lo que representa un cambio en la vida, un movimiento, quizá de consecuencias imprevisibles.

Pero eso es lo que significa vivir: experimentar, probar, lanzarse… a una relación, a un negocio, al autoconocimiento… a lo que sea.

Eso es vivir. Como dice Mariola, vivir la vida derrapando.

(escrito por un humano)

133 Entropía

Verás. Tenemos, en general, una lucha contra la inevitable entropía.

Y no nos damos cuenta de que estamos vivos gracias a ella.

Un poco de chapa sobre lo que es la entropía (si ya lo sabes, puedes saltarte unas cuantas líneas.

Voy.

Entropía es un término que acuñó el físico alemán Rudolf Clausius (tiene apellido de soldado de la Roma Imperial) para describir la destrucción del ser.

Postuló que todo sistema físico, incluidos tú y yo, va colapsando en niveles crecientes de desorden e incertidumbre.

Ese movimiento lleva al colapso, a la destrucción de todo a lo largo del tiempo.

El fin del tiempo, que será también el fin de las hormigas, del amor, de la poesía y de las piedras.

Ineludible y sin vuelta atrás.

Así que no luches contra la pérdida de pelo, de memoria y de energía vital. Es lo que hay.

Pero, si no existiera la entropía no existiría el cambio.

Seríamos seres congelados en el tiempo infinito, sin distinguir un momento del siguiente, el universo sería una vasta quietud donde el nunca y el siempre significarían lo mismo.

La ironía de la palabra entropía, por eso la escogió Mr. Clausius, es que se parece mucho a la palabra energía.

Dos almas gemelas: una destructora y otra dadora, de vida.

Pero, la destrucción es lo que permite la vida.

Solo estamos vivos porque el Sol se está apagando y, en su combustión, arroja sobre nosotros su cálido aliento.

Así que, sin nuestro envejecimiento, no estaríamos aquí ni tú, ni yo.

Acaricia tu cara de más de 30 años y agradece.

(escrito por un humano)

132 La cuarta dimensión

Verás. Si de verdad quieres ver magia, en un momento te digo dónde.

Seguro que más de una vez te has quedado hipnotizado viendo videos en redes, con albañiles enfoscando paredes de manera increíble.

O cocineros asiáticos haciendo maravillas sobre la plancha.

O futbolistas haciendo virguerías con el balón.

Son seres humanos que, con talento y repetición, han conseguido alcanzar un altísimo nivel en el desempeño de sus habilidades.

Luego está el otro nivel.

Es cuando la persona es capaz de llevarnos a la cuarta dimensión.

Lo que hace esta mujer, vulnera las leyes de la física. También las de la química.

Sus dedos se liberan de las manos y, multiplicándose por diez, vuelan como un enjambre sobre la hilera infinita de blancas teclas.

Interpreta el endemoniado Concierto para Piano No. 3 en Re menor (Op. 30 para los entendidos) de Rachmaninov.

(Si has visto la película Shine te sonará)

No tengo palabras.

Solo te garantizo que no has visto nada igual en tu vida.

Ella es Yuja Wang y toca tu alma con los dedos.

(escrito y oído por un humano)

131 La soledad del corredor de fondo

Verás, en la vida, cada vez que lo he necesitado, ha aparecido un maestro.

Cada vez.

Sin falta. Ahí han aparecido.

Los tres más importantes ya no están.

Y, a veces, me siento solo. Y los echo de menos.

Mucho.

El primero, mi padre, murió hace 32 años.

Un hombre sabio, recto, de Bilbao, con una basta cultura y una aguda inteligencia.

De él aprendí el sentido del deber, la generosidad y la justicia. A él le debo la tranquilidad económica y la libertad profesional.

Andrés, mi segundo maestro, murió hace 2 años.

Yo no le veía desde hace más de 14 y, sin embargo, le tengo muy presente.

Un hombre apasionado, sabio, amante de la ópera, humano y directo.

Él me enseñó la profesión, fue mi primer mentor, me dio mi primera oportunidad y confió en mí, haciendo crecer la confianza en mí mismo.

De él aprendí integridad, a darlo todo hasta el último minuto y a valorar lo brillante de la mente humana.

Mi último maestro, Joaquina, falleció hace casi 8 años.

Una mujer increíble, entregada, carismática, con una inteligencia y una comprensión del ser humano al alcance de muy pocos.

De ella aprendí a conocerme, me enseñó mi luz mostrando la suya, me abrió el camino de la trascendencia y con ella comprendí mi propósito en la vida.

De todas las personas aprendemos algo. Especialmente de las parejas.

Sin embargo, a lo largo de la vida aparecen unos pocos  maestros clave. Aquellos que de verdad hacen virar a tu barco y lo aproan a su destino.

Y se marcharán cuando ya no los necesites.

Pero puedes cerrar los ojos y pedirles consejo. Y agradecerles lo aprendido.

Y ellos siguen ahí.

Siempre.

(escrito por un humano)

130 La separatriz

Verás. Al dios Jano, los antiguos romanos le representaban con dos caras opuestas a ambos lados de una misma cabeza.

Era el dios de los comienzos y de los finales.

Era el que tenía la capacidad de ver los dos mundos al mismo tiempo.

Su condición bifronte le permitía ver pasado y futuro y se le consagró como el dios de las puertas, perennemente en el umbral de dos situaciones opuestas.

Nuestra cultura occidental está regida por la dualidad: femenino/masculino; bueno/malo; mente/ cuerpo; sujeto/objeto; luz/oscuridad…

Es precisamente la separatriz la que hace que estos pares de palabras no entren en colisión.

Es esta separatriz donde reina Jano y, a veces, es tan sutil que pasamos de una a otra sin casi darnos cuenta.

Pero por lo general, a mi modo de ver, no pasamos el suficiente tiempo en esta separatriz valorativa que nos ayudaría a tomar conciencia sobre las decisiones que vamos a tomar.

Si tiras una moneda al aire a lo mejor cae de canto, pero es poco probable.

Sin embargo, es solo desde el quicio de la puerta desde donde uno puede tomar la decisión de entrar o salir.

Desde ahí vemos con claridad que solo existen decisiones tomadas desde el amor o desde el miedo.

Nuestra cabeza bifronte ve las dos opciones.

No hay otras.

Todo se reduce a esta dualidad.

Amor o miedo.

Casi siempre sabemos cuál es la opción de amor y cuál es la de miedo.

Otra cosa es la que decidimos tomar.

(escrito por un humano)

129 La maleta

Verás, lo sepas o no, te quieras dar cuenta de ello o no, estás en un viaje.

Sí, aunque no hayas salido nunca de la ciudad o pueblo donde vives, lo estás.

Y, como en todo viaje que se precie, llevas una maleta. En ella guardas, útiles de aseo, algún libro, el cargador del móvil… y sobre todo ropa.

Eso es lo que quiero subrayar: la ropa.

Porque, según el destino que elijas será de un tipo o de otro: más de abrigo, más elegante, camisetas y bañadores…

Bien, pues en este viaje, en el que a lo mejor no sabes que estás, también llevas una maleta.

Y también está llena de ropa.

Y la ropa es la adecuada para ti. La que vas a necesitar a lo largo de todo el camino.

Esta maleta tiene ropa sucia y ropa limpia. Como en esas maletas que al abrirlas tiene dos compartimentos, uno a cada lado y, uno de ellos está cerrado con una cremallera.

Pues toda la ropa sucia está en el lado abierto, y las camisas limpias, los vestidos planchados y los zapatos relucientes están en el de la cremallera.

Lo que traes en esta maleta es muy importante, porque es lo único que traes.

Luego en tus andaduras vas comprando cosas, souvenirs, postales, recuerdos…

Pero, céntrate, lo importante es la ropa de la maleta. En ella está la explicación del sentido del viaje.

Y, para encontrarlo hay que ir tirando, a lo largo de la travesía, la ropa que está sucia, rota, o que no es de tu talla.

Esa ropa es lo primero que vemos al abrir la maleta (por eso, en muchos casos no queremos hacerlo)

Pero, si lo vas haciendo te resultará más fácil abrir la cremallera donde está la ropa limpia. Esta ropa te da pistas de quién eres y de para qué el viaje.

A lo mejor encuentras un mono azul de mecánico, o una bata blanca de médico, o un traje de chaqueta elegante, o…

Ahí está tu propósito, ahí está el sentido de tu viaje: que seas el mejor mecánico, médico, ejecutivo que puedas ser.

Algo más, y espero que no suene como una amenaza: si al finalizar el viaje todavía hay ropa sucia en la maleta, no te preocupes, empezarás un nuevo viaje hasta que ya no quede nada.

Bon voyage.

(escrito por un humano)

128 Tsundoku

Verás. Mi amigo Marcos Cartagena es de las personas más amables y consecuentes que conozco.

Ha escrito su segundo libro y me ha enviado una copia.

Acabo de abrir el paquete y voy directo a la dedicatoria: Escrita a mano, con sello, personalizada para mi…

Las 87 palabras más bellas y sabias de Japón.

Estoy preparando un retiro que tengo este fin de semana y, a pesar de las ganas, me contengo para no empezar a leerlo.

Como no aguanto más, abro al azar una página. (Quizá es el tipo de libro que no hay que leer del tirón, sino que hay que pararse  a paladear cada una de las 87 palabras)

El caso es que abro por la página 97: Tsundoku. El arte de acumular libros que nunca lees.

¡Culpable!

Y la palabra llega en este momento en el que estoy guardando libros en cajas para la mudanza.

Y estoy decidiendo cuáles llevarme y cuáles regalar. (y me estoy llevando más que regalando)

Pero Marcos, en su bello libro, no se limita a definir la palabra. También desea que aprendas de ella.

«Lo importante no está en el significado de las cosas, sino en la interpretación»

Y ahí está mi ansiedad por el saber, por ampliar los conocimientos incluso más allá del tiempo que voy a tener para leer todos esos libros (y los que sigo comprando)

Y se me olvida la gran frase de mi maestra:

«Jon, no leas tantos libros, lee una sola línea y ponla en práctica»

A lo que añado que los libros son solo un recurso. De la vida se aprende más viviéndola, sin la anestesia dulce del libro que filtra el aprendizaje y te deja modelarlo.

Gracias, Marcos, seguiré tu recomendación de limitar el número de libros y, cuando entra uno, regalar otro para que siempre haya el mismo número de libros y alguien más se beneficie de la sabia enriquecedora de su contenido.

Marcos Cartagena, Las 87 palabras más bellas de Japón, Plataforma Editorial.

(escrito por un humano)

127 Honrar al padre

Verás. Me está pasando esto desde hace un par de semanas.

A lo mejor a ti también.

Hay una palabra que la escribo con mucha frecuencia y últimamente la escribo mal.

Y no es que sea disléxico. Solo me pasa con esa familiar palabra.

Gracisa, gracais, grcias…

Hay veces que el amable corrector pone las letras en su sitio, pero en muchos casos no le doy ni tiempo.

Yo creo que ocurre porque hay algún aspecto de mi vida que no estoy agradeciendo lo suficiente. Y por eso mi inconsciente me lo recuerda a través de mis torpes dedos.

Mi vida ha sido fácil. Mis padres eran respetuosos y educados (nunca los vi pelearse) no he padecido grandes enfermedades y los traumas… pues los normales que tenemos todos.

Lo dicho, una vida en la que he recibido cariño, compañía, educación… y han estado cubiertas todas mis necesidades. Con pocas preocupaciones y ninguna realmente importante.

Y creo que no lo agradezco lo suficiente.

Verás. No agradezco a mi padre haberme proporcionado una tranquilidad económica que me ha permitido trabajar siempre en lo que me ha gustado.

Me ha permitido estudiar en el extranjero, tener una casa muy digna, ir a buenos colegios…

Y creo que lo he visto como algo normal, que me lo merecía, que a él no le costaba esfuerzo.

La realidad es bien distinta.

Era un hombre trabajador (en algo que no le gustaba) que proveía a toda la familia (incluidas sus hermanas) de una gran tranquilidad económica.

Recuerdo ahora esta frase que repetía de vez en cuando: «el dinero no cae de los árboles»

Yo creía que sí. Ahora sé que no.

Ahora sé que él era el árbol y que cada fruta que he comido en mi vida ha sido gracias a él. Gracias a su capacidad de dar fruto, además de proporcionar sombra, y además de tener unas ramas donde columpiarse, y un tronco sólido contra el que apoyar la espalda.

Y, como te decía, no lo he agradecido lo suficiente.

Y le honro ahora, ya con mucha vida a mis espaldas, llorando por no haber podido hacerlo antes. Mucho antes.

Gracias, aita.

(escrito por un humano)