214 Parir

Verás. Soy hombre y sin embargo he parido bastante en esta vida.

Muchas ideas, algunas de las cuales se han materializado.

He parido varios edificios, una bodega, varias viviendas unifamiliares…

Cosas grandes de ladrillos, hormigón y acero.

Sin embargo, lo que más ilusión me ha hecho ha sido algo pequeño.

Algo que puedes llevar en la mano y que te llega al corazón.

Con las construcciones tu ego disfruta. Enseñas fotos a los amigos, tu madre está orgulloso de ti, etc, etc.

Pero lo otro es para ti, es un trozo de ti que compartes.

Es un libro.

Sentí esa emoción cuando publiqué «Transcendencia en la vida cotidiana»

Era un homenaje a mi maestra. Era cristalizar una sabiduría para que perdurara en el tiempo dentro de las personas, no fuera.

Te cuento esto porque esta mañana hablé con mi editora, Esperanza, y me ha enviado mi próximo libro maquetado.

No importa el nombre (cuando salga a la venta ya te bombardearé para que lo compres)

Ahora solo quería compartir esa ilusión, esas mariposas en el estómago.

Si eres mujer y has tenido un hijo sabes de lo que estoy hablando.

Algo que ha crecido en ti, y has dado forma, de repente lo ves fuera, y lo admiras, no tanto porque lo has creado tú, sino porque va a empezar a tener vida propia.

Ya no es tuyo, ya es de todos.

Ya no importa de dónde salió sino qué es.

(escrito y dibujado por un humano)

213 Progreso

Verás. Voy de nuevo en el AVE, esta vez camino de Barcelona, para impartir una formación.

Por la ventanilla veo pasar las altas estructuras metálicas de alta tensión,

Veo ciudades, cultivos ordenados, túneles atravesando montañas…

El propio Ave va a 253 km/hora, y sus asientos tapizados en cuero son francamente cómodos.

Es muy obvio que en algunos planos la humanidad ha progresado, y mucho.

Si medimos el progreso como el desarrollo externo de un sistema y la actualización de sus potenciales,

diría que sí, que hemos progresado.

Lo hemos hecho en tecnología, esperanza de vida, condiciones laborales, igualdad, libertad…

Sin embargo, si profundizamos un poco, el cavernícola interno sigue ahí.

Nuestro progreso moral y ético parece estancado en el tiempo.

Leo las noticias y veo a los humanos todavía en los albores de la vida.

Todavía resolviendo las diferencias a garrotazos,, (golpes nucleares muy sofisticados, pero golpes, al fin y al cabo)

Todavía robando y pensando en el beneficio propio por encima del bien común.

Todavía el fin justifica los medios.

Y el mundo nos lo muestra para que tomemos conciencia,

Pero no lo hacemos.

¿Qué es el progreso, entonces?

Puede parecer una aproximación lineal hacia alguna meta preconcebida,

Y eso funciona para las «cosas»

Pero creo que deberíamos redefinirlo. Y redefinir cada paso adelante al que llamamos progreso.

Y deshacer ese paso si no va acompañado del otro.

Del progreso interno.

¿Para qué nos sirve tanto progreso externo cuando el interno está tan paralizado?

(escrito y dibujado por un humano)

212 El virus

Verás. Mi padre era de Bilbao. Del mismo Bilbao.

Era un hombre recto, justo, y con una fuerza impresionante.

No me refiero a esa fuerza tan vasca de levantar piedras.

Me refiero a la fuerza interior que forja un carácter. A la firmeza en las decisiones, a no tener que buscar aceptación, o saber ser firme…

A esa fuerza.

Vale, pues me dijo una sabia mujer que yo también la tenía.

Yo no la veo por ningún lado, pero ella insistía en que no la ejercía porque había introducido un virus en el sistema.

Resulta que el virus era que yo veía que la fuerza de mi padre tenía un pero, que había dado forma a una creencia interna:

«Las personas que tiene mucha fuerza son autoritarias y dan un poco de miedo»

Y, sí, mi padre daba un poco de miedo.

Yo he buscado siempre que las personas me quieran, y generar miedo es incompatible con eso.

Así que a lo largo de los años he ido guardando esa fuerza interna en aras de ser aceptado.

No he querido aprender de la fuerza de mi padre y como disculpa he puesto el virus del autoritarismo.

He utilizado mi creencia como tapón para no ejercer una fuerza que me llevaría a comprometerte con la vida, a enfrentarte a situaciones que no me gustan, a tomar decisiones con la valentía de saber que puedo con ellas…

Evidentemente es mucho más cómodo decir que no quiero ser autoritario.

Pero la vida me ha hecho conocer a personas que tienen mucha fuerza, y no son autoritarias.

(escrito y dibujado por un humano)

211 La queja

Verás. Hay cosas que hacemos que, en realidad, no sirven para nada.

No me refiero a entretenimiento banal, o pasarte la tarde del domingo pegado a Netflix.

De eso puedes sacar algún tipo de aprendizaje, sobre el mundo, o sobre ti.

Me refiero a pequeños gestos o acciones que hacemos prácticamente todos pese a su probada inutilidad.

Po ejemplo, abrir el grifo para llenar la bañera y toquetear el agua con los dedos para ver si ya está caliente.

O mirar fijamente a la olla de agua donde vamos a cocer los espagueti, esperando que nuestra mirada haga hervir el agua con más rapidez.

O la que está de moda en esta época:

Quejarnos, a todas horas, del calor que hace, a sabiendas de que eso no soluciona nada.

Lo que me lleva a pensar en la inutilidad de las quejas.

Son desagradables para el que las escucha

¿Te gusta escucharlas?

Si no te gusta… ¿por qué las lanzas sobre los demás?

A ellos tampoco les gusta.

A mí me enseñaron a que, si tengo problemas de salud, hable con el médico;

Si tengo problemas de dinero, hable con el banquero;

Y si me quejo de cualquier otra cosa, que me dirija directamente a aquella persona que me puede ayudar con el tema en cuestión.

Quejarse nos hace daño físicamente al estar hundiéndonos en la dificultad, sin resolverla.

Además, corroemos el humor del que nos escucha, frustrado, porque es incapaz de sacarnos de ahí.

Lo más probable es que se una: «pues anda que yo…»

¿Entonces?

(escrito y dibujado por un humano)

210 Decisiones

Verás. Hoy has tomado un montón de decisiones.

Pero no voy a hablar de esas, de las de decidir si saco el perro a pasear, o que espere hasta mediodía. (¡sácale!)

Hay otras decisiones, las trascendentes, las que te llevan a cambiar la vida.

Y nos atascamos en ellas, y nos crean ansiedad y ocupan nuestros pensamientos un montón de tiempo.

Y ahí veo dos tipos de personas:

Las que toman este tipo de decisiones, pero luego no las llevan a término;

y personas que tienen un gran potencial, pero no toman la decisión.

Todo se puede resumir en un miedo a ganar o a perder.

No tomar decisiones importantes es un problema de no querer comprometerse con la vida.

Una decisión es simplemente soltar algo y coger otro algo con consecuencias que no conocemos y el riesgo de no saber manejarlo.

Todas las decisiones tienen en común tres cosas:

Tener la capacidad real para optar.

Reconocer que siempre hay varias alternativas.

Aceptar las posibles consecuencias que nuestra decisión pueda acarrear.

Es fácil intelectualizar las decisiones y usar la razón.

Pero es la emoción la que puede hacer que la abandones, que te de miedo o que optes por la alternativa menos lógica.

En un primer momento pensamos que las decisiones se basan en qué quiero y cómo lo voy a conseguir…

Sin embargo, las grandes decisiones la pregunta es ¿para qué lo quiero?

El problema es que no se define el qué quiero de una forma concreta  y concisa, y no se conecta con el para qué.

Decidir es ir hacia algo.

(escrito y dibujado por un humano)

209 Placebo

Verás. El cuerpo es como una moto.

Si tienes moto vas a verlo mucho mejor.

Cuando vas en carretera, en moto, y quieres cambiar de carril, no haces nada.

Solo lo piensas, y la moto cambia de carril.

Seguro que hay algún tipo de imperceptible cambio en el centro de gravedad de tu cuerpo, que hace que la moto se desplace.

Pero es imperceptible. Desde mi conciencia, lo hace la moto porque mi mente se lo ordena.

Pues el cuerpo igual.

Nuestra mente manda y ordena lo que hay que hacer, más allá de los planos físicos.

Me explico.

Es fácil decirles a mis dedos que aporren las teclas del ordenador.

Lo pienso y ellos van y lo hacen.

¿Y si lo que le digo es que haga remitir una enfermedad?

Se han hecho cientos de estudios sobre el efecto placebo. Y funciona.

Si tomo algo que creo que me va a curar, le estoy ordenando a mi cuerpo que se cure.

Tanto es así que los placebos caros funcionan mucho mejor que los baratos.

Los científicos no saben por qué ocurre. Pero ocurre.

Es aquello de que la fe mueve montañas.

Y si funciona con medicamentos ¿No podría funcionar con otras cosas?

Si yo creo firmemente que soy buena persona, lo seré.

Si pienso que seré más feliz ayudando a los demás, lo seré.

Y si creo que el ser humano es bueno por naturaleza, mi percepción de las personas cambiará.

(escrito y dibujado por un humano)

208 Expectativas (II)

Verás. Sigo con el tema porque me parece fascinante.

Si no leíste la entrada de ayer (¿dónde estabas?) escribía sobre las consecuencias de las expectativas.

Y puedo definir la expectativa como esa escultura de cristal que tallamos con el cincel de la carencia.

Compramos un billete de lotería, quizá porque nos vemos carentes de dinero, y tenemos la expectativa de enriquecernos de manera fácil y rápida.

Esa frágil escultura es una suerte de predicción de una esperanza a futuro.

Nada malo en eso, está genial tener sueños, visiones y esperanzas de un futuro mejor.

Lo duro es cuando ese futuro lo escribimos palabra por palabra y queremos que sea exactamente así.

Dejamos nuestro trabajo actual por dificultades con nuestro jefe, y mientras enviamos currículos, ya estamos haciendo el retrato robot del jefe que nos gustaría tener.

Y vuelve a chocar la realidad con la ficción.

Imagínate ese mismo escenario, pero con el siguiente pensamiento.

Sé que voy a tener, en mi nuevo trabajo, el jefe que me va a aportar, en esta fase de mi vida, lo que necesito para aprender para seguir creciendo.

Aceptación versus expectativa.

Me hace gracia jugar a la lotería (no es mi caso) pero acepto tanto que me toque como que no me toque.

Acepto el aprendizaje que estoy haciendo con la pareja que tengo y lo único que quiero es entregar lo mejor de mí, sin esperar nada a cambio.

Y, de esta forma, la escultura de cristal no estallará en mil pedazos cuando se mire en el espejo de la realidad.

(escrito y dibujado por un humano)

207 Expectativas

Verás. Hoy voy a contarte sobre una palabra peligrosa.

Son 11 letras que forman una palabra que te puede sumir en la tristeza, la ira, el desaliento, el desamor…

Sí, así de potente es:

Expectativa.

Piénsalo.

La última vez que te enfadaste ¿por qué fue?

Cuando te dejó triste tu pareja al iros a vivir juntos ¿por qué fue?

Si te cuesta ir a trabajar y ver a tu nuevo jefe ¿por qué crees que es?

Exacto. Por las expectativas.

Son como algo que se va inflando en nuestra cabeza y, cuando miramos la realidad, y no es del mismo tamaño que nuestro globo interno,

llega la tristeza, la decepción, el «esto no es como yo creía»

La expectativa hace mucho daño porque pone mucha presión invisible en el otro; en nuestra pareja, hijos, jefe…

Ten en cuenta que los humanos exigimos mucho a los demás, a pesar de hacerlo poco con nosotros mismos.

Queremos que nuestra pareja sea perfecta sin preocuparnos de si lo somos nosotros (ya he escrito en otras ocasiones sobre ese injusto doble rasero)

Pero así es, y así somos.

Solo nos queda ser conscientes de ello.

Ser conscientes de parar esas expectativas que van creciendo y creciendo desbocadas.

Así podremos transformar la expectativa en aceptación.

Las cosas, las personas… no son como nosotros queremos que sean, sino como ellos quieren ser.

(escrito y dibujado por un humano)

206 Complicarnos la vida

Verás. Estoy recogiendo a una persona en la estación del AVE, en Atocha, Madrid.

Nos encontramos y buscamos la salida a la calle Méndez Álvaro.

Vamos caminando en el laberinto interior, sorteando obras de acondicionamiento, cientos de personas y bullicio general.

Se nos acerca un hombre y nos pregunta dónde está la salida de Méndez Álvaro.

Se lo indicamos, incluso le ofrecemos que nos acompañe ya que vamos en la misma dirección.

El hombre nos mira y nos pregunta: ¿Creéis que lo hacen aposta?

¿Creéis que hay una trama secreta para complicarlo todo, y así tenernos ocupados y confundidos todo el día?

Creo que lo hacen – nos dice – para que lo que a priori debería resultar fácil, requiera un gran esfuerzo.

No solo no bromeaba, sino que creo que lleva razón.

Voy a hacer un trámite online con el ayuntamiento: que si certificado digital, que si autofirma, pero no la del ministerio, si no la de la Junta de Andalucía, que si el ordenador bloquea el acceso a descargas por motivos de seguridad…

Una licencia para un cambio de uso de un local. Follones, meses de espera, impuestos…

Y podría seguir eternamente. Nada que no vivas tú.

¿Qué nos pasa?

¿No iba la digitalización a hacerlo todo más fácil para que disfrutemos de más tiempo?

¿No iba a ser maravillosa la IA para que tuviéramos mucho tiempo?

Debe ser que no nos gusta el tiempo y preferimos complicar lo sencillo, para quejarnos de que no nos da la vida.

(escrito y dibujado por un humano)

205 Ocho minutos

Verás. Si ahora mismo se apagara el sol, no te enterarías hasta dentro de 8 minutos.

Es el tiempo que tarda en llegar la luz desde el astro rey hasta nosotros.

Eso quiere decir que son 8 minutos desde que muere hasta que tú tomas conciencia de que ha sucedido.

Y, a ti, ¿cuánto te duran los 8 minutos?

Sí, ya sabes a lo que me refiero,

¿Cuánto tiempo pasa desde que un ser querido, una pareja, un trabajo… desaparece, hasta que realmente tomas conciencia de que se ha «apagado»?

Hace 8 años se apagó un ser muy querido.

Una persona que iluminó mi vida de una forma increíble.

Pues, para mí, su luz me sigue llegando.

Mis 8 minutos están durando 8 años.

Y no sé si eso es bueno o malo.

Solo sé que da calor a mi alma, e ilumina mi mente.

Y eso me gusta.

Porque no pienso en la estrella apagada, sino en sus rayos que siguen alumbrando mi camino.

¿Y a ti?

¿Hay alguien que ya no está?

¿Cuánto están durando los 8 minutos?

(escrito y dibujado por un humano)