Verás. Alguno de nosotros, o a lo mejor todos en alguna ocasión, tenemos una voz interior que degrada nuestra capacidad de hacer cualquier cosa.
Imagínate que se te ha ocurrido un proyecto increíble para tu empresa.
“Voy a ir mañana a hablar con mi jefe para planteárselo y que ponga recursos para hacerlo real”, te dices muy empoderado por la noche.
Te acuestas feliz y por la mañana el de dentro empieza con su cantinela:
“¿Cómo le vas a plantear eso al director?
¿Pero, tú de qué vas?
El director va a pensar no se qué y no sé cuánto…”
Y esa conversación profunda con tu detractos sigue y sigue.
Y no solo mata el proyecto…
Mata tu libertad.
Si te ocurre esto, antes de hablan con tu jefe, habla con tu voluntad.
Porque ella es lo único que te permite salir al mundo del liderazgo.
Ese líder que hay en ti existe en la medida en la que eres capaz de manejar tu voluntad.
Es ella la que debe hablar con el detractor que juega contigo.
Ella es la que abre la puerta que se llama “yo puedo”; ese es el camino.
Cuando decimos “no puedo” es que ya nos hemos dado cuenta de que podemos.
Lo que hacemos es estar en esta conversación entre el puedo y no puedo.
Cuando ya hemos podido empezamos a pensar que no valemos porque no encontramos el cómo.
Luego pensamos que no tenemos los medios.
Y lo que deberíamos pensar es: ¿qué tengo que aprender para llevar a término lo que me propongo?
No hay nadie que sepa todo.
Por eso, en el camino personal y profesional estamos aprendiendo permanentemente de personas.
Y esa apertura al aprendizaje hace que reconozcamos lo que sabemos y lo que debemos aprender, y así, el dragón interior deja de jugar con nuestra vida.
Verás. A veces nos acostumbramos a dirigir nuestra vida de manera reactiva.
A fuerza de disgustos, muertes, enfermedades, accidentes, pérdida del trabajo…
Y eso se debería acabar.
Hacer lo que queremos, debería partir de nosotros.
¿Cuántas parejas rotas llevas en la espalda?
¿Cuántos trabajos has perdido?
¿Cuántos momentos de desastre buscando soluciones que no aparecen y que de pronto, cuando pasa algo grave, las encuentras?
Muchas veces somos tan absurdos que necesitamos un potente empujón de algo o alguien para caminar.
Hemos venido a hacer nuestro proyecto.
Y nuestro proyecto lo tenemos muy claro: vivir, desarrollarnos y evolucionar.
Y para eso no hay otro momento, solo el ahora. Ya.
Lo que conoces son las cosas que has hecho hasta ahora.
¿Cuál ha sido tu éxito más grande y la cualidad que te lo ha permitido? ¿Quién te ayudó interiormente?
Mi logro más importante es abrir la puerta de la calle cada mañana.
Te parecerá banal, pero al girar el pomo tomo conciencia de todo lo que me queda por hacer en el día.
Los compromisos, la aceptación de los aprendizajes, el ejercicio de tolerancia para con todo y todos, asumir quién soy, aceptar la responsabilidad de vivir…
Ese es mi logro más importante cada día, abrir una puerta.
No hacen falta grandes momentos, los pequeños logros de cada día valen.
Verás. Pienso que los deseos y las expectativas son lo que nos separa de los demás.
Los deseos porque impulsan la comparación: ser los mejores, los más aceptados, los más exitosos…
Y las comparaciones no son nada win – win. Alguien siempre pierde.
Por otro lado, las expectativas en relación con los demás son que queremos que nos vean perfectos y, sin embargo, nosotros no vemos perfecto al otro.
Todos hemos tenido caminos diferentes, así que debería ser normal que pensemos de forma diferente. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el pensamiento de otros?
Imagínate una pareja (cualquiera, la tuya, por ejemplo).
Van a caminar juntos, sin darse cuenta de que ella hizo un camino que es suyo y él hizo un camino que es suyo.
Ella tiene recuerdos de otras parejas y él también.
Cuando se dan la mano para caminar tienen que plantearse los caminos juntos, no que uno de los dos quiera cambiar la experiencia pasada.
El deseo que tiene ella o él de que el otro sea como ella o él, es para no cambiar.
Y deberían cambiar desde lo que vieron el primer día: que ella tiene una luz y una sonrisa y él es acogedor y tierno.
En las relaciones humanas tenemos un recorrido hecho, todo lo negativo es nuestro y lo positivo es lo que vimos el primer día,
y cuando nos encontramos debemos respetar las experiencias y crecer desde lo que vimos, rompiendo las expectativas de que el otro sea como queremos.
Con el cuerpo tenemos deseos de poder, de poseer… pero antes pasamos por un cuerpo emocional
Nuestro padre y madre nos han dado algo positivo, pero tenemos algo negativo para superar.
Hemos decidido que el uno es bueno y el otro es malo, y nos cuesta ver lo positivo de ambos.
Nuestros padres tienen algo positivo en lo que es nuestro y algo negativo en lo que es suyo.
Buscarlo es el mejor ejercicio que podemos hacer con la familia.
Nuestros padres se encontraron y vieron algo maravilloso el uno en el otro, aunque luego se haya roto.
Ten en mente que tu concepción ha sido partícipe de algo muy bello de ambos.
Verás. Me gusta escribir lo que pienso y no historias de los demás, sin embargo, las reglas están para romperlas.
Cuenta la leyenda acerca de un hombre llamado Haakon, quien cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.
Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor a Cristo crucificado, impulsado por un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo:
– Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.
Y se quedó quieto, con la mirada puesta en la Efigie, como esperando la respuesta.
El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras:
– Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.
– ¿Cuál, Señor? – preguntó con acento suplicante Haakon – ¿Es una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, ¡Señor!, – respondió el viejo ermitaño.
– Escucha, suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre.
Haakon contesto:
– ¡Os, lo prometo, Señor! – Y se efectuó el cambio.
Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la cruz, y a su vez el Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso al pie de la letra, a nadie dijo nada.
Pero un día, llegó un comerciante rico a la ermita. Después de haber orado, dejó allí olvidada su bolsa de dinero. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un campesino pobre, que vino dos horas después, encontró la bolsa de oro del comerciante y, al verla sin dueño, se apropió de ella. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.
Pero en ese momento volvió a entrar el comerciante en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo:
– ¡Dame la bolsa que me has robado!
El joven sorprendido, replicó:
– ¡No he robado ninguna bolsa!
– No mientas, ¡devuélvemela enseguida!
– ¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!
Fue la rotunda afirmación del muchacho. El rico arremetió, furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte:
– Detente!
El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, y gritó, defendió al joven, e increpó al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado, y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando la Ermita quedo a solas, Cristo Se dirigió a su siervo y le dijo:
– Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.
– Señor, – dijo Haakon – ¿Como iba a permitir esa injusticia?
Se cambiaron los oficios. Jesús ocupo la cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor, siguió hablando:
– Tú no sabias que al comerciante le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El campesino, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso escucho las plegarias y callo.
Verás. Para decir lo que queremos decir no hay que ser inteligentes.
Lo que hay que tener es decisión y la capacidad de ir a la tarea.
Y para ir a la tarea hay que ser concreto.
Podemos no ser muy inteligentes, podemos ser alguien que no hemos leído ni escrito en la vida, y sin embargo tener una capacidad intelectual innata y no desarrollada.
Solo necesitamos la capacidad de decir qué queremos, a quién se lo queremos decir, y qué es lo que nos ha hecho elegir eso que estamos diciendo en un instante.
Por otro lado, hay personas muy instruidas que tenemos una gran dificultad para ser concretos, porque divagamos en un mundo de expectativas miles.
Somos esas personas que queremos hilar todo lo que tenemos dentro y acaba siendo todo un poco espeso.
La concreción hace que cuando has empezado un camino, no puedes ir hacia atrás.
Y, vale, hay una pérdida de profundidad, sin embargo, a veces hay necesidad de que estemos enfocados a la hora de comunicarnos.
Como diría mi amigo Curro, lo primero en comunicación es saber qué quieres conseguir con ella (o a través de ella)
Si lo que quieres ganar es al otro, que te quiera y te acepte, la concreción es menos importante y eso es cosa de la persuasión.
La persuasión es muy útil, pero no debemos olvidar la importancia de la concreción.
Es como si la persuasión nos llevara a algún sitio, pero es la concreción la que nos pone en camino.
Si nosotros queremos ir a un lugar, decimos a la persona a dónde vamos a ir y luego, ya en el camino, la entretenemos.
Pero si no ha habido concreción puede ser todo una gran manipulación.
La parte más importante de la concreción es que el otro es un mero receptor de tu información.
No estás diciéndole de qué vas a hablar para que participe y opine, si no que le vas a decir: yo voy a hablar de esto y esto es lo que voy a decir.
Así la persona puede decidir si va contigo o no.
Cuando convocas una reunión vas a hablar de lo que tú quieres, si no lo tienes claro, acabarás hablando de lo que quiere cualquiera.
Una persona concreta es alguien totalmente comprometido, porque cuando ya ha dicho algo, ya no puede retractarse.
Mi gran amigo Luis (biólogo especializado en biología celular y genética, y muchos años de investigación clínica en su espalda) ha iluminado mi punto de vista externo, con su mirada profunda profesional, interna.
Me ha parecido tan interesante que la publico íntegra, tal cual la recibí:
«En este tema tengo una visión diferente, Jon. Somos biotecnólogos desde hace milenios.
La frutas y verduras que hay en los supermercados no existen en la naturaleza. No vas a encontrar ese pedazo repollo, ni grandes zanahorias, ni rosas de mil colores… y la cabra montesa no es la cabra del pastor.
Desde hace mucho tiempo hemos seleccionado ejemplares por su sabor, color, utilidad… hasta conseguir ejemplares que ya poco tienen que ver sus ancestros.
Un ejemplo muy visual es la cantidad de razas de perros que hemos creado con unas características determinadas muy diferentes unas de otras.
Ahora existe tecnología y conocimiento para hacer el mismo proceso de forma más rápida y precisa.
El problema no es la selección de atributos, que siempre ocurre. El problema está en la tendencia a la pérdida de diversidad creando tendencias uniformes.
Me explico: ya no hay huevos blancos porque la gente piensa que los marrones son más campestres (mentira).
Ya no hay tiendas locales porque se imponen las grandes cadenas multinacionales.
Pues esto mismo puede pasar con nuestra especie si empezamos a pensar que determinados atributos (unos polimorfismos genéticos frente a otros) son los buenos.
La eugenesia, quitando la erradicación de las enfermedades genéticas, no existe.
Lo que da valor a una especie, es la diversidad, que permite tener infinitas soluciones en el repertorio cuando se las necesitas.
Las personas altas son más atractivas pero los bajos son más aptos para pilotar cazas de combate.
La pérdida de diversidad es lo que hace a la naturaleza más frágil a nivel de especie y de ecosistema.
Lo interesante es tener tomates de ensalada, de gazpacho, cherry… perros de compañía, de pastoreo… una característica es una ventaja o un defecto según la situación.
No nos podemos permitir hacer a todas las personas iguales. si empezamos a pensar que algo es mejor que lo demás perdemos mucho en el camino… no pasa nada por seleccionar genes (en realidad seleccionas un polimorfismo, el gen siempre está) pero no digamos cuáles son los mejores porque, quitando las variedades que producen enfermedades, eso no existe»
Imagínate una persona que tiene un tipo de autoestima que sin embargo no ha llegado a comprobar.
Puede que solo la llegue a mantener en su hacer, en su sentir o en su pensar, pero la tiene.
Y, de pronto, da la vuelta y se encuentra con su padre, y se convierte en un pingajo.
O con su madre.
Sin embargo, donde tienes confianza ni padre ni madre, ni vecino, ni nadie te afecta.
Funcionas, lo expresarás o no, pero te encuentras bien.
La confianza es un estado de salud, y la autoestima es un estado de enfermedad.
Porque la autoestima es un estado donde el otro te quita y te pone, es un estado de carencia.
Si estás en la autoestima, necesitas la aprobación del exterior porque compites, en la confianza no, ese es el tema.
La confianza da una tranquilidad absoluta al cerebro, da felicidad, mientras que la autoestima no.
La autoestima está todo el rato midiendo y el cuerpo está inquieto.
Hay que quitar el concepto de que podemos destruir la confianza de las personas, lo que podemos hacer es que esa persona no acceda a ella, porque le has quitado el acceso.
Pero la confianza está ahí.
Notas la confianza porque la voz y la mirada son auténticas y porque cuando razonas no necesitas buscar artilugios, conectas las cosas con rapidez y las dices.
Todos somos líderes en potencia.
Pero,
toda persona que expresa y no escucha, es una persona que no es líder.
Toda persona que decide sin reflexión no es líder.
Toda persona que reflexiona y no decide no es líder.
Ésta es la medición del liderazgo, del liderazgo supremo.
Verás. Tú, y todo el mundo, tenemos que posicionarnos en la realidad.
Posicionarnos en que hay algo que ya hacemos muy bien, que pensamos bien, y que sentimos bien.
Y que eso que hacemos bien tiene un propósito importante.
Pero ese propósito no puede estar por encima de nuestras posibilidades.
Debemos tomar conciencia de lo que podemos y de lo que no podemos.
Porque cuando vamos más allá tenemos un problema.
Debemos comprometernos con lo que podemos, y ese compromiso nos va a llevar, de una manera natural, a entregarlo.
Entonces nos daremos cuenta de que estamos al servicio.
Cuando encuentres a personas que son capaces de dar su vida sin ninguna queja a un proyecto, es porque han entrado en una confianza suprema sobre su potencial.
Hay una cosa que no puedes hacer cuando metes en el saco de la confianza algo: no puedes no entregarlo.
La ley de la atracción, la ley de la vida, es que lo que tú ya has conseguido y es tuyo, lo es para dárselo a los demás, nunca para retenerlo.
Todos tenemos algo en lo que confiamos plenamente.
Lo que puede ocurrir es que todavía no hemos marcado el propósito.
Lo importante es que el propósito esté medido por la conciencia.
No se trata de que puedas ayudar a 500 personas con discapacidad y llevarlas por la calle a que lo pasen bien.
No se trata de eso, si no de que tú tomes conciencia y de que el compromiso vaya siempre en consonancia con el propósito y la conciencia, para que nunca des más de lo que puedes.
Ni tampoco cierres la puerta a recibir algo que te quieren dar.