96 Wifi emocional

Verás. Tengo la sensación de que estamos conectados a las personas emocionalmente por un hilo invisible.

Es un hilo tanto más grueso cuanto más es la necesidad emocional que tenemos de la persona.

¿Recuerdas cómo era la conexión a Internet antes de que se inventara la wifi?

Pues eso.

Ese hilo es especialmente grueso con nuestras parejas, hijos y padres. En esas relaciones el hilo se convierte en cable.

Eso ocurre cuando existe apego, o miedo a que el cable se rompa.

Imagínate un padre, o una madre, que temen perder el cariño de su hijo. Que tienen miedo a que se independice demasiado rápido (para ellos). Que no quieren dejar que el hijo despliegue sus propias alas.

El miedo a que el cable se suelte hace que nos olvidemos de nuestra función como maestros de ese hijo.

Y nos aferramos al cable como a ese cordón umbilical que nos alimenta emocionalmente y que no queremos soltar.

Así que tapamos errores, encubrimos obligaciones y privamos a nuestro hijo de su derecho a cometer errores, a experimentar la vida y responsabilizarse de sus decisiones.

Lo que yo he aprendido es que esos cables, al final generan rencor. En una dirección o en la otra, pero rencor.

Un rencor que produce aquello que queríamos evitar: que nos olviden, que no nos quieran, que se alejen demasiado…

Ocurre porque, al final, esas personas a las que atamos nos acabarán culpando de que no les hemos dado libertad, de que no hemos sido buenos maestros al encubrir sus errores, o al sobreprotegerles.

Y también hay rencor por nuestra parte ya que les percibimos como desagradecidos, que se olvidan de nosotros y tienden sus propios hilos en otras direcciones.

Porque lo que es cierto es que necesitamos esos hilos. Esas conexiones emocionales con otros seres humanos.

¿Y si esas conexiones pudieran ser inalámbricas?

¿Y si pudiéramos inventar la wifi emocional?

De esa manera, nuestro amor hacia la persona estaría latente, pero sin la necesidad de la atadura.

Sin el miedo a que, en libertad, se alejen de nosotros.

¿Y si dejáramos ir a la persona con el conocimiento de que esa wifi siempre va a estar ahí para cuando la necesite?

Eso significará: «te amo siempre, eres libre, elige cuándo quieres estar cerca que la conexión siempre estará ahí»

«No importa cuán lejos te vayas, la conexión desde mi lado es indestructible»

(escrito por un humano)

95 Universos paralelos

Verás. La teoría de los universos paralelos es cierta.

Yo vivo en tres.

El primero aquí, en Málaga. Aquí todo tiene otro ritmo. Es una dimensión saludable para el cuerpo.

Hay poco estrés y mucho oxígeno. Poca exigencia y mucha tranquilidad.

Luego está el universo Madrid. Vivo, rápido, lleno de oportunidades, contactos, personas…

Es un universo que te impulsa hacia el futuro. Aparecen colaboradores, proyectos nuevos e ilusionantes.

La visión se desempaña y la tocas con la yema de los dedos porque está justo ahí. Delante. Cercana y obligándote a dar un paso más para alcanzarla.

El tercer universo es la familia. Tengo 3 hermanos, una hermana y una madre de 86 años.

Este es un universo que mira irremediablemente al pasado.

Las conversaciones giran en torno a unos recuerdos subjetivos. Las miradas y los gestos vienen de atrás. De viejas envidias, de celos, de variopintas interpretaciones de la realidad pasada.

Es un universo del que es difícil sustraerse, capitaneado por una madre a la que ya solo le queda lo que fue.

Yo no sé si esos universos deberían estar integrados en uno solo.

Ni siquiera sé si eso es posible o deseable.

Solo sé que me cuesta adaptarme cuando paso de uno a otro. Entro en una especie de jet lag que desequilibra mis emociones y dificulta mi adaptación a cada uno de estos espacios.

Estos tres mundos coexisten al mismo tiempo, cada uno con sus diferentes realidades, leyes y eventos.

Me conformaría con llegar a comprender bien alguno de los tres.

(escrito por un humano)

94 Siempre nos quedará París

Verás. Ayer fui a una matiné y estuve viendo Casablanca.

Sí, la de Ingrid y Humphrey.

¿No la has visto? … Pues estás tardando.

La película tiene muchas frases buenas y dos míticas:

«Play it again, Sam» Y «We’ll always have Paris»

No soy ningún experto en mantener parejas (ya me he cargado algún matrimonio)

Y tampoco puedo presumir de acabar bien las relaciones, donde la separación se produce sin rencores por ninguna de las partes.

Sin embargo, estas dos frases de la peli me han enseñado como hacerlo:

He aprendido que no debemos quedarnos atascados con un pasado doloroso que arrastramos al presente y nos marca el futuro.

Siempre hay algún anclaje que nos lo trae al presente, no sin cierto dolor: : «Tócala de nuevo, Sam»

Cuando se produzca la separación, quédate con la parte más bella de la relación.

Recuerda los momentos maravillosos que pasaste con la persona.

Mírala desde su luz (lo conseguirás si la miras desde la tuya) y no te aferres a su sombra para hacer menos dolorosa la separación.

Esa parte de la persona, de la que te enamoraste, sigue ahí. No importa lo que haya pasado, la esencia de tu pareja permanece.

Puede que tu visión de la persona se haya embarrado un poco, pero es triste cuando nos quedamos atrapados en ese barro y no somos capaces de darle un manguerazo y ver a la persona brillar de nuevo.

Ya no estará a nuestro lado, pero siempre nos quedará París.

(escrito por un humano)

93 De lo que va la vida

Verás. Leo mucho sobre esto de “hacer más”.

Esto de ser más productivo, tener más tiempo y hacer más cosas.

Y sobre mejorar los hábitos para la eficiencia.

Pienso que tenemos una extraña lucha contra el tiempo.

Queremos tener más, vivir más…

Inventamos programas e inteligencias para ahorrar tiempo, que luego rellenamos con más cosas que hacer.

Es como si tuviéramos un saco lleno de aceitunas y siempre pensamos que cabe una más.

¿Y si hiciéramos, simplemente, lo necesario?

Ni más ni menos. Solo aquello que nos hace crecer, con lo que aprendemos, con lo que disfrutamos…

¿Y los marrones? Te preguntarás sabiamente.

Pues… no deberían existir.

Deberíamos aceptar con la misma motivación, agradecimiento y actitud los llamados “marrones”

De ellos también se aprende y ellos también te hacen crecer, incluso más que los no marrones.

No es una cuestión de simplificar o no tu vida, sino de darle sentido.

No es hacer más o hacer menos, sino hacer con propósito.

No es hacer esto que me gusta más y lo otro que me gusta menos, sino encontrar la necesidad de hacerlo, el sentido que da paz a nuestro día, y no hace diferencias entre las distintas tareas.

No se trata de rellenar el día de cosas que hacer para tener la falsa sensación de que hacemos mucho.

Y tampoco estar tirados en casa por no querer hacer nada.

La vida no va de hacer, aunque hay que hacer.

La vida no va de sentir, aunque es agradable sentir.

La vida tampoco va de pensar, aunque es imprescindible hacerlo.

La vida va de ser.

Tomo nota de que soy un poco pesado con esto. Pero así lo veo, lo siento y lo pienso.

La trascendencia de la vida está en el siguiente paso. En entender que los tres anteriores son solo el camino.

(escrito por un humano)

92 Envidia sana

Verás. Escucho que con frecuencia se valida la frase: «tengo envidia sana»

Pues creo que no. Eso no existe. La envidia es envidia y no es ni sana ni enferma. Es envidia.

Sería como decir que tenemos cáncer sano. Cáncer es cáncer. (Un tumor si puede ser benigno o maligno, pero el cáncer no)

A lo que iba. Los españoles somos famosos por envidiosos.

Mi padre me decía que ente todos los envidiosos los que lo eran en grado superlativo eran los médicos y los arquitectos.

Contaba que cada vez que ibas a un médico a pedir una segunda opinión, en el síntoma solían coincidir, pero el tratamiento siempre era diferente.

Con los arquitectos igual (él era constructor y trataba con muchos, y no le caían nada bien. A veces pienso que me hice arquitecto para fastidiarle, pero esa es otra historia) 

Cuando a un arquitecto le pides la opinión sobre algún edificio de un colega, siempre hay peros. Siempre hay algo mal. La única excepción era si el autor del edificio está muerto.

Pero los edificios diseñados por los vivos siempre tenían mil trabas.

Eso mi padre lo achacaba a la envidia.

Envidia es cuando deseas algo del prójimo, pero no quieres hacer el esfuerzo para conseguirlo. Y eso no puede ser sano.

Envidio el coche de mi amigo, pero no quiero hacer el esfuerzo de ahorrar el dinero que necesito para comprármelo.

El ejemplo es básico. Además de objetos materiales, también envidiamos conocimientos, parejas, logros profesionales, paz interior, la atención de nuestros padres hacia otro hermano…

Muchas cosas.

Pero recuerda: si lo envidias es que tú también lo puedes conseguir. Tienes la fuerza, el talento, la capacidad de conseguirlo…

Simplemente lo quieres tener sin esfuerzo. Buscas el resultado y no el proceso.

De ahí surge la envidia.

Por eso, en ningún caso es sana.

Es envidia. Y si no obtenemos el objeto que nos la hace sentir, es por pura pereza, no por falta de talento.

(escrito por un humano)

91 Lo que permanece

Verás. Me miro al espejo cada mañana. Todas las mañanas.

Estoy seguro de que tú también. Aunque sea para afeitarte o pintarte el ojo.

Esta mañana ha sido diferente.

La cara es la misma, pero algo ha cambiado.

Y he visto al niño de 10 años, sensible, profundo, tímido, con miedo a expresar quién es, creativo, curioso…

Y he visto al hombre de 64 años, sensible, profundo, tímido, con miedo a expresar quién es, creativo, curioso…

Y me he dado cuenta de que esta es la realidad que quien soy. Entre estos dos momentos han pasado muchas cosas:

Picos de felicidad y valles de lágrimas, océanos de tristeza y mares de alegrías, amor y miedo…

Sin embargo, todo eso no ha alterado al niño.

Éste ha crecido, se ha transformado, ha cambiado… pero hay algo inalterable en él, que permanece.

Permanece a pesar de, y gracias a.

Pero permanece.

Y ahí está el misterio de qué es aquello que te conforma, aquello que sigue ahí, aquello que puedes llamar tu auténtica naturaleza.

Permanece en ti después de toda una vida de continuos cambios.

Y el trabajo ahora consiste en analizar el espacio entre estos dos momentos, que ha sido rellenado, por la imagen que queríamos dar, o por la aceptación que necesitábamos, o por las expectativas de nuestros seres queridos…

Pero quizá no ha sabido reflejar quiénes somos.

Así que, de los dos caballos alados que tiran del carro de la vida, solo uno de ellos es real. El que, según Platón, es bueno, virtuoso y noble.

Es ése que mira al niño y permanece en el adulto; a pesar de la vida.

(escrito por un humano)

90 Vida

Verás. Estoy en Madrid y veo vida.

Vivo en Málaga en una zona rural de las afueras, en la montaña, y veo vida.

Allí oigo cantar al mirlo por la mañana, veo los almendros en flor y el prado está verde, salpicado de blancas margaritas y flores silvestres.

Incluso a lo lejos oigo el balido de alguna oveja.

En Madrid también hay vida, pero es distinta.

Normalmente describimos las grandes ciudades por su asfalto, sus atascos y sus enormes edificios.

Sin embargo, me llaman mucho la atención las personas. Las vidas de las personas que se pueden leer en sus caras y en sus cuerpos.

La anciana que va camino del mercado, en su mano derecha el carrito y en la izquierda su soledad.

La adolescente que descubre su ombligo, a pesar del invierno, para cubrir su timidez.

El cuerpo trajeado del ejecutivo cuya cabeza no camina con él.

El niño que corretea inconsciente por la acera.

Vida.

Eso es lo que me gusta de Madrid. El contacto con las personas que pierdo un poco en el campo.

Es otra vida, otras sensaciones.

Suena raro, pero es agradable sentirse humano.

Sentir la poca importancia que damos a cosas importantes y lo mucho que nos preocupa lo que no lo es.

Y todo queda marcado en nuestra cara, en la forma que tenemos de caminar, en lo que nos cuesta arrastrar un cuerpo con el que, a lo mejor, no estamos muy contentos.

Vida, solo vida.

(escrito por un humano)

89 El nombre importa

Verás. Yo no sé si el Golfo de México es el Golfo de México, o el Golfo de América, o el que es un golfo es el presidente electo.

Lo que sí sé es que la importancia de los nombres me ha traído a la cabeza la astuta maniobra del gran maestro manierista Paolo Veronese.

Una de sus grandes obras se titulaba: la última cena. Digo se titulaba, porque ya no.

Sin entrar mucho en detalle, es un inmenso lienzo con Jesús cenando como figura central y escaleras laterales en ambos lados que descienden del lienzo.

Representa una celebración veneciana en la que los asistentes aparecen vestidos con sus mejores galas, rodeados de vino, comida, perros, monos…

La innovadora cena le costó al autor que la Santa Inquisición le llamara al orden y exigiera una disculpa y cambios en el lienzo. Le dieron tres meses para hacerlos.

Y lo hizo, pero no añadió ni quitó una sola pincelada al lienzo.

Solo cambió el nombre.

Y La última cena pasó a llamarse Cena en casa de Levi.

La cosa coló ya que en la Biblia dice que a esa cena asistieron «publicanos y pecadores»

Voy a ponerme un poco más pedante, si cabe.

Para Wittgenstein, un nombre es el componente esencial del lenguaje que refiere un objeto simple en el mundo.

Vale. El caso es que, para el filósofo, el mundo es una totalidad de hechos lógicamente estructurados y, por eso, cuadra con su teoría pictórica del lenguaje, cuya función es permitir la construcción de proposiciones que representen hechos.

Fin de momento pedante y vuelta al mundo real.

Un mundo cuya lógica no es tan evidente y por ello tenemos que tirar más de aceptación que de comprensión.

Y para cerrar el escrito de manera circular, vuelvo al Golfo de México.

Si para salvarnos de la Santa Inquisición moderna, debemos cambiarle el nombre…

¿Lo hacemos?

Me remito a la obra de Orwell 1984, donde Winston trabaja precisamente en el «Ministerio de la Verdad» donde lo que hace es reconstruir el pasado con la intención de crear un presente mejor.

Te pido disculpas por tanta referencia, a riesgo de parecer pedante, lo hago porque…

Hoy es mi cumpleaños, y este es mi regalo. El permitirme escribir así.

Gracias por leerlo, me lo he pasado genial.

(escrito por un humano)

88 No vendas, sé

Verás. La vida NO va de vender.

Leo ese mantra por todas partes.

Que si siempre se está vendiendo, que si no vendes no hay negocio, que absolutamente todo, desde que naces hasta que mueres, es una continua venta…

Pues no estoy de acuerdo. Claro que vender es una parte de la vida, pero no es la vida.

Hay veces que vendes, veces que compartes, veces que regalas… y, sobre todo debería haber siempre espacio para el “eres”

Y no hace falta venderte para ser, lo que hace falta es autenticidad, lo que hace falta es saber quién eres y mostrarte tal cual.

«O estás vendiendo o estás fallando» 

Esto, puede que sea cierto para una tienda de ultramarinos, que su éxito, su supervivencia, depende de que venda o no venda.

¿Pero en la vida?

Verás. Yo estoy escribiendo esta Newsletter y no estoy vendiendo. Ni anuncio cursos, ni libros, ni siquiera mi marca.

Simplemente escribo porque me gusta y he encontrado este formato que me resulta muy agradable de escribir y de leer.

Estarás pensando que, a lo mejor, estoy vendiendo una manera de pensar, o que espero la recompensa de tus comentarios…

Pues no es así. Escribo lo que pienso sin la intención de venderle nada a nadie. Y, ciertamente aprecio tus aportaciones, comentarios y palmadas en la espalda.

Pero ese no es el fin. Esto no es un intercambio de ideas por agradecimientos.

Lo seguiría haciendo sin la gratitud, aunque reconozco que es muy agradable.

Comparto mis ideas quizá para verlas escritas. Es distinto pensarlas que plasmarlas en un papel. Esto último compromete más.

A lo mejor lo hago para verme por dentro al dejar que el inconsciente, en muchos casos, se plasme en el papel.

O a lo mejor lo hago porque encuentro que está alineado con mi propósito de vida.

No es una venta. Una entrega, si quieres.

Yo creo que simplemente es. Cómo tantas otras cosas de la vida.

(escrito por un humano)

87 Aburrirse

Verás, nunca he entendido eso de aburrirse.

Lo cual no quiere decir que haya días en los que no hago nada.

Tampoco quiere decir que, cuando no tengo nada que hacer, me lo invento para ocupar el tiempo.

He llegado a la conclusión que el aburrimiento es para las personas de “hacer”

Me refiero a esas personas que no paran quietas, que si lo hacen buscan rápidamente algo, porque si no se aburren.

Creo que está relacionado con mirar continuamente hacia afuera de uno, porque si miras hacia adentro, eso es insondable e inagotable.

Cada día eres una persona nueva, porque has descubierto algo sobre ti, porque has aprendido, porque has crecido, porque tu experiencia de la vida te ha modificado , aunque sea un poco.

Y esos aprendizajes que te mantienen como un ser cambiante ocurren con cualquier cosa: un libro, una película, una persona, la naturaleza…

Si quieres tener una pareja eterna, busca por ahí.

Con una persona que cambia, que aprende, que se mira… no existe el aburrimiento. Cada mañana, cuando se despierta, es un ser nuevo.

Y tú también.

Si no lo ves, tarde o temprano te cansarás hasta de hacer el amor.

Las cosas físicas acaban aburriendo. Las emocionales duran un poco más, solo las mentales son eternas.

Solo dentro de la cabeza existe esa profundidad insondable que da sentido a la vida.

Aburrirse es, quizá, la ausencia de propósito, el no encontrar un significado a la vida.

Si buscas por ahí, no entenderás el significado de la palabra aburrimiento. Garantizado.

(escrito por un humano)