Verás. De pequeño odiaba cortarme el pelo. Lo odiaba.
Éramos cuatro hermanos y mi padre así que el peluquero, Pedro, venía a casa con su instrumental.
El practicante también venía, y también le odiaba (por motivos obvios) pero no tanto como al peluquero.
El practicante me producía dolor, Pedro me cortaba el amor de mi madre.
Te cuento.
Cuando llegaba el peluquero, la primera fase era esconderse, a ver si con un poco de suerte se olvidaban de mí.
Cuando ya habían pasado todos por las tijeras, me arrastraban al baño entre llanto y rechinar de dientes.
Pedro, impasible ante los lagrimones que corrían por mi cara y mis ojos de odio, ejecutaba su terrible tarea.
Al terminar, sintiendo mi cabeza como una bola de billar corría al dormitorio y volvía a llorar de rabia e impotencia debajo de la cama.
Con la distancia que dan los años, lo analicé, ya que me parecía una reacción desbordada ante un simple corte de pelo.
Cuando buscas hacia atrás, acabas encontrando y las piezas encajan.
Yo soy el segundo hermano. Siempre oía a mi madre decir que ella quería una niña, y pensaba que mi pene le habría defraudado bastante.
Lo único que podía hacer, para tener un poco de la aceptación deseada, era dejarme el pelo largo y así parecer una niña.
Esto mi consciente no lo sabía, solo he unido los hilos a posteriori.
Yo solo quería que mi madre me aceptara. “Seguro que te quería” estarás pensando.
Seguro que sí, pero yo quería más. Quería su aceptación. Y aceptar es amar a alguien tal y como es.
Amar al orco que lleva uno dentro, tanto como al angelito que muestra por fuera.
Es fácil amar a un niño que se porta bien, es obediente y saca buenas notas. Pero para que se sienta aceptado también debe ser amado cuando muestra la cara oculta de la luna. (Aquí no confundir amar con educar)
El caso es que yo no era niña y no podía hacer nada para cambiarlo y mi pelo me delataba.
El problema de no sentirnos aceptados por nuestras madres es que luego nos resulta muy difícil pensar que otra persona lo hará.
Si la mujer que me ha llevado nueve meses en su vientre habría preferido otra cosa, ¿quién me va a preferir a mi ahora?
Con los años aprendes, entiendes el aprendizaje, vuelves a amar a tu madre, y notas el amor de otras personas.
Bueno, me voy a la peluquería que tengo una cita.
(escrito por un humano)